El 1 de septiembre de 1939, Europa dejó de preguntarse si Adolf Hitler se detendría. Ese día, las tropas alemanas invadieron Polonia y aquello que durante años había parecido una sucesión de advertencias tímidas, anexiones y transgresiones se convirtió finalmente en una guerra, la peor del siglo XX.
La transgresión no comenzó aquel 1 de septiembre de 1939. Antes había ocurrido la persecución sistemática de los judíos alemanes, la Noche de los Cristales Rotos, la anexión de Austria, la destrucción de Checoslovaquia, Guernica y una larga serie de señales ante las cuales las potencias europeas habían preferido contener el aliento antes de llegar a la respuesta bélica.
Después de Múnich, Winston Churchill advirtió en la Cámara de los Comunes: «Se les dio a elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra». No era una profecía sobrenatural. Era la consecuencia lógica que Churchill veía en una política que había preferido evitar la firmeza para evitar la guerra.
En estas líneas nos preguntamos qué habría ocurrido si Hitler hubiese comprendido dónde terminaba la tolerancia de sus adversarios y hubiese decidido no cruzar esa línea. Imaginemos, como ejercicio contrafactual, que Alemania hubiese mantenido su violencia dentro de sus fronteras y de los territorios que ya controlaba; que no hubiese invadido Polonia, respetando el tratado inglés, sin producir el quiebre territorial que finalmente obligó a Gran Bretaña y Francia a intervenir.
Es imposible saber qué habría pasado, aunque al menos podemos inferirlo en función de datos de la actualidad. Una masacre no siempre produce una reacción proporcional a su gravedad. A veces produce una reacción solamente cuando amenaza intereses imposibles de eludir con la diplomacia.
Ese es el problema que quiero explorar mediante el Esquema de la Inercia Existencial (EIE): los sistemas políticos, sociales y narrativos no cambian simplemente porque una situación se vuelva moralmente insoportable. Cambian cuando aparece un quiebre capaz de interrumpir la trayectoria que venían siguiendo.
La pregunta, entonces, no es si una masacre es intolerable. La pregunta es otra, mucho más incómoda: ¿qué tiene que ocurrir para que quienes tienen el poder de detenerla consideren intolerable permitir que continúe?
Qué es el Esquema de la Inercia Existencial
Antes de avanzar conviene precisar el marco. El EIE no es una teoría cerrada ni una ley histórica. Es una herramienta analítica que propone leer la persistencia de las masacres no como un fallo moral aislado, sino como el resultado de tres capas de inercia que se refuerzan mutuamente:
Inercia territorial: la violencia no altera la conducta de los Estados mientras no cruza una frontera cuya defensa comprometa intereses estratégicos directos.
Inercia institucional: la existencia de derecho, tribunales y procedimientos no garantiza que esos mecanismos produzcan un quiebre político inmediato, porque media una distancia entre la norma y el poder capaz de imponerla.
Inercia narrativa: la percepción pública también tiene peso propio; un acontecimiento que deja de ser visible pierde capacidad de producir presión, y quien controla el relato controla, en parte, la reacción.
Estas tres capas no son etapas sucesivas: operan simultáneamente y pueden reforzarse entre sí. El EIE se diferencia de conceptos como la path dependence o el equilibrio punteado en que no describe cualquier trayectoria institucional, sino específicamente la trayectoria que permite que una atrocidad continúe mientras no aparezca un quiebre capaz de interrumpirla. El quiebre no es moral: es estratégico. Y por eso la pregunta central no es ética sino política: ¿qué tiene que pasar para que quienes pueden detenerla consideren que ya no les conviene permitirla?
La primera capa: el territorio
En 1939, una de las líneas rojas más claras de las potencias europeas era territorial. La garantía británica a Polonia anunciada por Neville Chamberlain el 31 de marzo de ese año comprometía a Gran Bretaña en apoyar a Polonia si una acción armada amenazara su independencia. Francia respaldó la garantía.
Cruzar una frontera prohibida podía activar una reacción internacional que ni la persecución ni el bombardeo de ciudades habían conseguido activar con la misma intensidad. Eso no significa que Europa ignorara la persecución nazi. Significa algo más perturbador: conocer una atrocidad y estar dispuesto a asumir el costo de detenerla son dos cosas diferentes.
El viaje del St. Louis lo demuestra de manera brutal.
En mayo de 1939, se embarcaron rumbo a Cuba 937 personas a bordo del St. Louis; casi todos eran refugiados judíos que huían de la Alemania nazi. Cuba le negó el desembarco a la mayoría; Estados Unidos tampoco los admitió, ni Canadá. El barco terminó regresando a Europa. De los pasajeros que regresaron al continente europeo, 254 murieron durante el Holocausto.
El mundo sabía.
Los periódicos informaban los hechos, había fotografías, testimonios, refugiados. Lo que faltaba no era información; faltaba un quiebre que modificara la conducta de los Estados. Todavía no existía la palabra «genocidio». Raphael Lemkin la acuñó y publicó en 1944. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio llegaría después, en 1948.
Sería un error concluir que el problema de 1939 era simplemente la ausencia de un vocabulario jurídico. Había algo más profundo. La persecución no había alterado los intereses de quienes podían intervenir; la inviolabilidad de la frontera sí. Y cuando Alemania cruzó la frontera polaca, la inercia cambió de dirección: por fin se produjo el quiebre que obligó a la respuesta.
La segunda capa: el derecho
Ochenta y siete años después, el mundo posee aquello que no tenía en 1939: un lenguaje jurídico específico, instituciones internacionales como la ONU y procedimientos creados precisamente para impedir que la soberanía de los Estados funcione como un escudo absoluto frente a determinados crímenes. La diferencia es enorme.
Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿puede una institución romper una inercia que los Estados que la sostienen no están dispuestos a romper, tal y como ocurrió antes de 1939?
La demanda presentada por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia colocó esa pregunta en el centro del escenario. En enero de 2024, la Corte determinó, en la etapa de medidas provisionales, que algunos de los derechos invocados por Sudáfrica bajo la Convención sobre el Genocidio eran plausibles y ordenó a Israel adoptar medidas para prevenir actos comprendidos en el artículo II de la Convención, además de otras medidas. La Corte dejó claro que esa decisión no constituía una determinación definitiva sobre si se había cometido genocidio.
La diferencia respecto de 1939 no podría ser más evidente. Ahora existe el concepto, el tratado, el tribunal, los procedimientos, las órdenes. Y, sin embargo, la existencia de un mecanismo no garantiza que ese mecanismo produzca un quiebre político inmediato. Una institución puede nombrar el horror sin tener por sí sola la capacidad de detenerlo.
Puede producir una resolución sin producir una modificación inmediata de la conducta. Puede establecer una obligación sin disponer de una fuerza autónoma capaz de imponerla. Ahí aparece la segunda capa de inercia. No es la ausencia de derecho. Es la distancia entre el derecho y el poder necesario para convertirlo en conducta.
Cabe preguntarse, entonces, por qué el derecho internacional no produjo quiebres equivalentes en los setenta y seis años que van de 1948 a 2024. La respuesta que sugiere el EIE es que el derecho, por sí solo, no altera la ecuación de costos y beneficios de los Estados que sostienen el sistema. Puede nombrar, puede ordenar, puede avergonzar. Pero mientras no exista una potencia o una coalición dispuesta a asumir el costo de imponer la norma, la inercia institucional persiste. Ruanda en 1994 es el ejemplo más cruel: había tratado, había convención, había Consejo de Seguridad, y aun así la masacre continuó hasta que el quiebre llegó por una vía distinta —la victoria militar del FPR— y no por la vía jurídica.
La tercera capa: la realidad que vemos
En 1939 no existía algo que ahora hay: internet. Redes sociales. Plataformas globales. Algoritmos de recomendación. Y ahora, modelos de inteligencia artificial que participan cada vez más en la manera en que las personas buscan, resumen e interpretan información. La batalla ya no ocurre solamente sobre el territorio ni exclusivamente dentro de los tribunales: ocurre sobre el relato. Esto introduce una tercera capa: la inercia narrativa.
Si en 1939 el problema era que una persecución podía permanecer fuera de la agenda estratégica de los grandes Estados, y en el siglo XXI existe un tribunal capaz de nombrar jurídicamente determinadas conductas, ahora aparece una batalla adicional: ¿quién consigue que una sociedad vea, interprete y recuerde los hechos de una determinada manera?
Reportes recientes han descrito campañas de comunicación israelí orientadas a influir en el ecosistema digital y, específicamente, en la información disponible para sistemas de inteligencia artificial generativa. La existencia de esfuerzos de comunicación y posicionamiento digital no demuestra que un modelo concreto esté «capturado»; demuestra algo más sencillo y verificable: la disputa por la interpretación de los hechos ha entrado en la arquitectura de la información digital.
Y eso importa porque la percepción también tiene inercia. Un acontecimiento que deja de ser visible pierde capacidad de producir presión. Una imagen que se repite puede producir indignación. Una imagen que desaparece puede dejar de producirla. Un término que se impone puede ordenar la interpretación de millones de personas.
El poder ya no consiste únicamente en decidir qué ocurre. También consiste, cada vez más, en disputar qué significa lo que ocurre. Tres capas que se refuerzan. Aquí es donde el EIE permite observar algo que, de otro modo, aparece como una suma desordenada de acontecimientos. La primera capa es territorial. La segunda, institucional. La tercera, narrativa.
En 1939, el quiebre decisivo apareció cuando la violencia alemana atravesó una frontera cuya defensa comprometía directamente a grandes potencias. Hoy existe una segunda barrera: el derecho internacional. Pero el derecho puede avanzar a una velocidad distinta de la de las bombas, las fronteras, las enfermedades, el hambre o los desplazamientos. Y existe una tercera: la batalla por el relato. El mapa determina dónde ocurre el conflicto. El tribunal determina cómo puede ser nombrado jurídicamente. La información determina, en parte, cómo será percibido por quienes están lejos.
En 1939 no había redes sociales ni modelos de lenguaje: en 2026 sí. Ese es el frente que Alemania nunca pudo abrir y que Israel sí tiene disponible: la inercia narrativa como campo de batalla activo. Según investigaciones periodísticas, existe una operación conocida como «Clock Tower», que construye sitios y materiales diseñados específicamente para influir en cómo los sistemas de inteligencia artificial generativa —ChatGPT, Gemini, Grok— responden a preguntas sobre Israel; los analistas la llaman generative engine optimization, la siembra deliberada de fuentes en la web para que los modelos las absorban.
Reportes de transparencia indican que la agencia estatal israelí de publicidad ha ejecutado campañas pagadas de más de 40 millones de dólares en Google y YouTube para contrarrestar reportes de hambruna en Gaza, y se estima que el presupuesto de diplomacia pública para 2026 se cuadruplicó hasta rondar los 750 millones de dólares. No hace falta creer que un modelo específico «está capturado» para reconocer lo que sí es verificable: un esfuerzo sistemático, presupuestado y en expansión por moldear la capa informativa de la que se nutre —y se nutrirá cada vez más— la opinión pública global.
Las tres capas pueden reforzarse
Un Estado puede mantener una situación territorial mientras sus aliados consideran que sus intereses estratégicos no justifican un quiebre. Una institución internacional puede producir órdenes mientras carece de instrumentos suficientes para modificar inmediatamente la conducta de un Estado poderoso. Y el ecosistema informativo puede convertir el conflicto en una disputa permanente sobre hechos, términos, imágenes y responsabilidades.
La consecuencia es una paradoja. Tenemos más instrumentos que en 1939, pero tener más instrumentos no significa necesariamente tener más capacidad de producir un quiebre similar al del 1 de septiembre de 1939. El horror debe desbordarse hasta convertirse en una amenaza para los intereses de quienes tienen el poder de detenerlo.
Mientras esa ecuación no cambie, la historia no se repetirá por fatalidad ni por ciclos morales. Se repetirá porque quienes pueden detenerla seguirán calculando el costo de hacerlo y el costo de no hacerlo. Y mientras resulte más conveniente soportar el sufrimiento ajeno que asumir el precio de detenerlo, la inercia que nos ha llevado hasta aquí tendrá mil razones para continuar mientras no exista el quiebre capaz de detenerlo.
Los límites del esquema
El EIE no pretende explicar todos los casos ni predecir cuándo ocurrirá un quiebre. Lo que permite ver es que las masacres no se detienen cuando alcanzan un umbral moral, sino cuando las condiciones estratégicas, institucionales y narrativas se alinean de un modo que vuelve insostenible permitir que continúen. Pero esa alineación no siempre ocurre, y cuando ocurre, no siempre ocurre al mismo ritmo.
Conviene distinguir tres modalidades.
Quiebres rápidos. Ucrania desde 2022 es el caso más claro. La invasión rusa activó simultáneamente las tres capas: amenazó el orden de seguridad europeo (territorial), movilizó instituciones y sanciones en días (institucional) y produjo una narrativa global inmediata (narrativa). Cuando las tres se alinean, la respuesta puede ser masiva y veloz. Pero conviene notar que esa velocidad no se debió al horror de la guerra en sí —guerras horribles había habido antes sin esa reacción—, sino a que el quiebre tocó intereses que las potencias no podían eludir.
Quiebres tardíos. Timor Oriental y Kosovo son casos más incómodos para cualquier esquema que espere reacciones proporcionales a la gravedad. En Timor Oriental, la invasión indonesia de 1975 fue tolerada durante veinticuatro años. La intervención de 1999 llegó cuando cambió el cálculo estratégico —Indonesia pos-Suharto, presión australiana, activismo de la diáspora— y no cuando la atrocidad alcanzó un umbral moral. En Kosovo, la intervención de la OTAN llegó después de años de inacción frente a las guerras yugoslavas, incluida Srebrenica en 1995. No fueron reacciones inmediatas al horror: fueron reacciones tardías tras un cambio en la narrativa dominante y en el cálculo estratégico.
Inercia sostenida. Palestina es el caso más puro de lo que el EIE quiere describir. Desde 1948 —Nakba, ocupación de 1967, intifadas, operaciones militares sucesivas en Gaza— la situación persiste sin que se produzca el quiebre que rompa la inercia. Ninguna de las tres capas se ha alineado lo suficiente durante setenta y seis años. La inercia no es aquí un accidente ni una falla momentánea: se ha institucionalizado como normalidad. La masacre puede durar generaciones, y la duración misma se convierte en parte del paisaje.
Estos tres casos no invalidan el EIE: lo precisan. El quiebre no siempre es territorial en sentido estricto; a veces es una combinación de narrativa sostenida, costo reputacional y cálculo estratégico. Lo que el esquema permite ver es que ninguna de esas capas, por sí sola, suele bastar. Y que la pregunta relevante no es cuál de ellas es la decisiva, sino cuándo se alinean. Cuando no se alinean, la inercia persiste —y puede persistir indefinidamente, como en Palestina, mientras el costo de detenerla siga pareciendo mayor que el costo de soportarla.
Hay una hipótesis contrafactual que ilumina esto con crudeza. Si Hitler hubiera limitado su violencia a los territorios que ya controlaba —Austria, Checoslovaquia, parte de Polonia— sin desafiar el equilibrio europeo ni invadir la Unión Soviética, ¿habría habido guerra en 1939? La respuesta que sugiere el EIE es: probablemente no, o al menos no en ese momento. La garantía británica a Polonia existía porque Polonia importaba estratégicamente. La expansión hacia territorios sin valor estratégico para las potencias habría sido tolerada, como lo fue la persecución de los judíos alemanes durante años. El horror no basta. El horror solo se vuelve insostenible cuando amenaza algo que quienes pueden detenerlo no están dispuestos a perder.
