Las guerras ya no avanzan por generaciones que se reemplazan, avanzan por capas que se acumulan. Este análisis más que pura información podría ser una advertencia.

En la guerra de Irán, una escena, poco difundida, nos transportó al siglo pasado y al presente a la misma vez. Varios aviones de combate F-5, salidos de la Guerra Fría, volaron a menos de 50 pies de altura, por debajo de la posibilidad de detección de los radares del Golfo Pérsico. Más arriba, en algún lugar, volaban los AWACS, esos enormes puestos de vigilancia y mando del siglo XXI que han convertido el espacio aéreo moderno en un territorio de registro permanente. Pero si la incursión que sigue ocurrió como se describe, esos puestos no cubrieron el cono aéreo por completo —esta es una hipótesis personal, no un dato confirmado, y la razón por la que vale la pena narrar lo que sigue.

[El relato que sigue está tomado de testimonios recogidos por medios iraníes y de reportes de prensa occidental. Tomo esta versión como punto de partida no porque la considere probada, sino porque, aunque fuera parcial o incluso exagerada, la estructura que revela —capas de tecnología de épocas distintas interactuando en un mismo evento— es útil para pensar la guerra. Si los pilotos mintieron, la mentira también es un dato sobre cómo una nación quiere ser vista; si exageraron, la exageración revela qué mitos necesita su doctrina militar. En cualquier caso, el ejemplo vale como parábola.]

Los aviones de la década de 1950 que Irán comenzó a utilizar en los años sesenta deberían permanecer en museos, pero la necesidad los hizo volar en dos siglos distintos. Después del ataque del 28 de febrero, tres pilotos iraníes entrevistados por HispanTV —medio estatal iraní, cuya versión conviene leer con esa cautela— en junio pasado aseguran haber volado en silencio de radio, a una altura extremadamente baja, y llegaron hasta Camp Buehring, una instalación militar estadounidense en Kuwait. Uno de ellos afirma que, en determinados momentos, volaron incluso por debajo de los 50 pies, evitando obstáculos y sistemas de vigilancia. Según su relato, lograron alcanzar el objetivo.

Después ocurrió algo que todavía no puede reconstruirse del todo, aunque encaja con los hechos por todos conocidos. Los pilotos iraníes sostienen que la confusión provocada por su incursión aérea contribuyó a que las defensas kuwaitíes derribaran tres F-15E estadounidenses que se encontraban en el área. Esa es su versión. No está demostrado que los F-5 hayan sido la causa directa del derribo —reportes posteriores de Air & Space Forces Magazine y The War Zone apuntan más bien a un caza F/A-18 kuwaití que habría disparado por error contra los Strike Eagle—. Aquí existe un hecho confirmado: los seis tripulantes de los tres F-15 derribados lograron eyectarse y fueron recuperados.

La historia podría haber terminado allí. Pero no terminó. Uno de aquellos seis aviadores volvería a subir a un F-15E y, poco más de un mes después, sería derribado… esta vez cayó en territorio iraní.

Según CBS News, el piloto derribado había sido uno de los seis tripulantes que sobrevivieron al derribo por fuego amigo kuwaití. El mismo piloto había sobrevivido así a dos derribos durante la misma guerra. Un militar calificó esto como ser alcanzado dos veces por un mismo rayo. Este segundo episodio tuvo una consecuencia inesperada: una historia increíble y poco clara.

Por su lado, CNN, durante aquella misión había observado una formación de drones iraníes que parecía moverse como una sola criatura. Unos drones grandes, otros más pequeños, con una disposición que, vista desde el aire, recordaba a las patas de una medusa —léase nuestro artículo publicado en Quantica24 bajo el título «3 de abril, Una medusa en los cielos de Irán»—.

CNN planteó que el fenómeno podría corresponder a una capacidad de interconexión y coordinación entre múltiples drones, una posible arquitectura de red. El testimonio pertenece a un piloto y la tecnología descrita no ha sido demostrada públicamente en todos sus detalles. La medusa es, por ahora, una hipótesis. Y precisamente por eso resulta tan interesante. Porque, aunque todavía no sepamos exactamente qué vio aquel piloto, la posibilidad revela hacia dónde se dirige la guerra. Y entonces entramos a una paradoja: el país que conserva aviones de más de medio siglo de antigüedad podría estar explorando, al mismo tiempo, formas de guerra aérea que pertenecen al futuro.

La paradoja sería solamente un caso aislado, pero esto nos lleva a los reportes en la guerra de Ucrania. Al reevaluar nuestra percepción concluimos que es posible que hayamos estado mirando la guerra con una idea equivocada de la evolución tecnológica.

La guerra no reemplaza: acumula

Durante mucho tiempo imaginamos el progreso militar como una escalera. Una generación reemplaza a otra. El tanque moderno sustituye al tanque antiguo; el avión de cuarta generación reemplaza al de tercera; el misil inteligente hacía innecesario el proyectil convencional; la inteligencia artificial reemplazará al operador humano. Pero la guerra real parece haber tomado otro camino: el de la necesidad.

La guerra ya no avanza por generaciones que se reemplazan, al menos no necesariamente. ¿Esa inercia se acabó? Lo cierto es que la hemos visto avanzar por capas que se acumulan. En Ucrania, las trincheras recuerdan a la Primera Guerra Mundial, los soldados se protegen detrás de fortificaciones excavadas en la tierra, los campos minados vuelven a definir el movimiento y las líneas del frente pueden permanecer durante meses. Sobre esas trincheras vuelan drones: pequeños aparatos comerciales modificados, drones FPV, municiones merodeadoras, sistemas de reconocimiento y máquinas capaces de localizar objetivos y transmitir información en tiempo real; nadie sabe en qué momento veremos perros robot con metralleta en el lomo sumándose al trabajo de la infantería. Así, cada vez aparecerán más algoritmos que ayudarán a interpretar el campo de batalla.

En el mismo metro cuadrado donde un soldado se refugia en una trinchera de 1916, una máquina con inteligencia artificial puede estar observándolo desde el aire o él mismo puede ser el operador de un dron a punto de destruir un tanque enemigo. La tecnología no llegó para borrar el pasado. Llegó para instalarse encima de él.

El tanque que debía desaparecer y la nueva ecuación económica

La historia del T-72 ofrece otra pista. Un tanque diseñado durante la Guerra Fría pertenece, en teoría, a otra época. En una concepción lineal de la evolución militar, debería haber seguido una trayectoria previsible: uso, envejecimiento, obsolescencia, retiro, museo… pero las guerras prolongadas alteran esas trayectorias. Cuando los arsenales se agotan, cuando producir sistemas nuevos resulta demasiado costoso y cuando la necesidad aprieta, las armas que parecían condenadas al retiro pueden regresar. Los depósitos se revisan, los vehículos abandonados se recuperan y lo que parecía destinado al museo vuelve al frente.

Entonces descubrimos algo fundamental: la obsolescencia no es necesariamente una propiedad permanente de un objeto. Es una relación entre el objeto y el sistema en el que opera. Un T-72 no deja de ser un T-72, un F-5 no deja de ser un F-5, pero el sistema cambia y con ello, el valor de aquello que parecía obsoleto. Una plataforma antigua puede recibir nuevos sensores; un vehículo viejo puede operar dentro de una red moderna; un avión de otra época puede asumir una misión que no exige competir directamente contra el avión más avanzado del adversario. La tecnología antigua no se vuelve nueva. Su valor cambia.

Esto tiene un límite, y conviene decirlo antes de seguir: no toda tecnología antigua encuentra ese segundo aire. Un caza de tercera generación puede reconfigurarse para misiones de baja altura o de señuelo, pero no compite ya en combate aire-aire moderno bajo ninguna circunstancia; hay saltos —el radar activo, la guerra electrónica, la furtividad— que sí funcionan como reemplazo puro, sin capas posibles. La tesis de la acumulación no niega que existan sustituciones completas; sostiene que, en la práctica reciente, son la excepción y no la regla, y que el factor que decide si una plataforma vieja sobrevive no es su edad sino si alguien —doctrina, entrenamiento, mando— sabe todavía integrarla. Una plataforma sin operador entrenado ni doctrina que la sostenga es chatarra, tenga la edad que tenga.

El dron no elimina al tanque, ni al F-15, ni al Patriot, ni a la artillería; modifica el sistema en el que todos ellos operan. Una nueva trayectoria tecnológica ha aparecido y esa trayectoria comienza a alterar las anteriores. El dron obliga al tanque a modificar sus tácticas, lo mismo que obliga a la defensa aérea a desarrollar sistemas antidrones, a incorporar inteligencia artificial, a producir en masa y a revisar los costos.

Y finalmente obliga a la industria militar a escuchar una pregunta incómoda: ¿cuánto cuesta destruir aquello que el enemigo puede producir por una fracción de ese precio? Ahí aparece una transformación que va mucho más allá de los drones. Un sistema de defensa puede seguir siendo técnicamente extraordinario y, al mismo tiempo, comenzar a perder valor económico relativo. Un interceptor puede derribar un dron, pero si el interceptor cuesta millones y el enemigo puede lanzar cientos de drones baratos, la victoria táctica puede convertirse en una derrota económica. La pregunta deja de ser «¿puedo destruirlo?» y pasa a ser «¿puedo permitirme destruirlo cada vez que aparezca?». En resumen, puedes ganar la guerra militar y, al mismo tiempo, perder la guerra económica. Ese es el quiebre. No necesariamente se destruye una tecnología anterior, se redistribuye su valor.

La industria frente a una nueva ecuación y el límite invisible

Durante décadas, la industria militar construyó una lógica aparentemente inevitable: la superioridad requería tecnología superior, y la tecnología superior requería enormes inversiones. Pero la guerra de drones introduce una anomalía económica. Un arma barata puede obligar al adversario a utilizar un arma extraordinariamente costosa. El defensor puede ganar cada enfrentamiento individual y, sin embargo, perder al mismo tiempo. Por eso las grandes potencias están desarrollando sistemas de interceptación de menor costo y acelerando la producción, muchas veces recurriendo a la ingeniería inversa sobre plataformas enemigas capturadas.

La próxima revolución militar puede no consistir solamente en fabricar armas más inteligentes, sino en fabricar armas suficientemente buenas, baratas y en masa. La producción industrial vuelve a ser, como en guerras anteriores, un factor tan decisivo como la sofisticación de cada arma individual. Y ahora, la masa puede estar acompañada por inteligencia artificial, y esa combinación —barato y masivo— puede ser mucho más poderosa que cualquiera de las dos por separado.

El Shahed-136 se convirtió en uno de los símbolos de esta transformación. Una plataforma relativamente barata puede recorrer grandes distancias y obligar al adversario a gastar sistemas mucho más costosos para destruirla. La respuesta de las grandes potencias no ha sido simplemente construir defensas más sofisticadas; también han comenzado a buscar sistemas baratos. Drones contra drones, interceptores de bajo costo, sistemas autónomos, producción masiva. La trayectoria ha comenzado a invertirse. El adversario que utilizaba armas baratas para obligar a gastar al enemigo ha provocado una reacción, y ahora el enemigo también quiere armas baratas. La nueva trayectoria modifica la anterior, y la anterior responde. Estamos ante un circuito, no ante una línea continua.

Esta asimetría tiene un límite: la cadena de suministro. Un dron puede ser barato, pero necesita motores, microchips, sensores, cámaras, baterías, sistemas de navegación, telecomunicaciones, software, materiales y una infraestructura industrial capaz de ensamblarlo todo. Si un país depende de componentes importados, la guerra puede convertirse en una lucha por las cadenas de suministro. La verdadera batalla puede estar lejos del frente: en las fábricas, en los puertos, en las rutas comerciales, en los semiconductores y en las tierras raras. En este último caso China es líder en las dos capas de esa cadena: controla cerca del 70 por ciento de la extracción minera mundial de tierras raras y hasta un 90 por ciento de su refinación —el eslabón donde realmente se decide quién puede fabricar el imán final— y EEUU siente la ansiedad por esos elementos.

La capacidad de producir miles de drones depende tanto de la tecnología como de la logística. Y si hablamos de un enjambre coordinado, la complejidad aumenta. Porque un enjambre no es simplemente una colección de drones; es eso y telecomunicaciones, software, navegación, sensores y coordinación. La «medusa», si existe en la forma ya descrita, no sería solamente un arma. Sería una arquitectura. Y las arquitecturas necesitan sistemas que las sostengan.

El Esquema de la Inercia Existencial aparece en el campo de batalla

El Esquema de la Inercia Existencial (EIE) —desarrollado en artículos anteriores de esta misma línea editorial— parte de una idea simple: toda trayectoria tecnológica, social, política, incluso biológica e inerte, genera una inercia que resiste el cambio, hasta que un quiebre la obliga a reconfigurarse; ese quiebre, a su vez, empuja a otras trayectorias vecinas a reajustarse. No es una teoría de causas y efectos aislados, sino de sistemas que se empujan entre sí.

Con esta herramienta cognitiva la guerra empieza a revelar algo más profundo. El F-5, el F-15, el Patriot, el tanque, la trinchera, siguen existiendo. El dron aparece, y entonces obliga al cambio: todo empieza a reconfigurarse. El tanque, el avión, el sistema de defensa cambian sus prioridades, la industria cambia su producción, la doctrina cambia sus conceptos, la economía cambia sus cálculos y la inteligencia artificial cambia la velocidad de decisión.

Una nueva trayectoria ha entrado en el sistema: la guerra de las capas. Las nuevas trayectorias modifican las inercias anteriores. No las eliminan necesariamente, las obligan a adaptarse. En esta realidad notamos que aparece el principio que puede explicar toda esta guerra a través del EIE: las trayectorias generan inercias; las inercias interactúan; un quiebre puede modificar varias trayectorias simultáneamente; y la respuesta de esas inercias puede producir nuevos quiebres. Dicho sin fórmula: el dron no solo cambia al tanque que ataca. Cambia también al fabricante que lo produce, al general que redacta el manual de combate y al analista de bolsa que valora la acción de esa fábrica de blindados.

El dron genera una nueva trayectoria. La defensa aérea responde y genera una nueva industria. La industria modifica la economía. La economía modifica la producción y la bolsa de valores fija los precios. La producción modifica la doctrina. La doctrina genera nuevas tecnologías. Y las nuevas tecnologías vuelven a modificar el valor del dron. El sistema entra en un ciclo. Eso es coevolución.

No estamos viendo simplemente una guerra entre armas. Estamos viendo una guerra entre sistemas de inercias. La inercia de la tecnología, de la industria, de la economía, de la doctrina, de la logística y de lo humano. Todas avanzan simultáneamente, y cuando una nueva trayectoria aparece, ninguna permanece intacta. El dron no es solamente un arma; es un quiebre que afecta múltiples trayectorias, y la respuesta a ese quiebre produce otros. Dentro del EIE la historia deja de parecer una línea y se convierte en una red.

La medusa, si existe, no es un arma. Es un patrón de organización. Y los patrones de organización son más difíciles de copiar que los artefactos. Un dron se puede derribar; un enjambre coordinado se puede interceptar; una red de enjambres que aprenden y se reorganizan en tiempo real exige una respuesta sistémica. Irán, con sus F-5 vetustos, quizá no esté compitiendo en la guerra de los artefactos. Está experimentando en la guerra de los patrones. Y esa guerra no se gana con ingeniería inversa; se gana con algoritmos, experimentación y —otra vez— adaptación.

La guerra de las capas

Esta es, probablemente, la verdadera transformación militar que estamos presenciando. No la sustitución de una tecnología por otra, sino la acumulación de tecnologías que se modifican mutuamente. Una trinchera de 1916, un tanque de la Guerra Fría, un F-5 de los años sesenta, un F-15E, un misil Patriot, un Shahed, un dron interceptor, un algoritmo. Todos pueden formar parte de la misma guerra. La guerra del pasado, la guerra del presente y la guerra del futuro, todas superpuestas.

Esto me lleva a la siguiente reflexión: debemos repensar la idea de que la evolución tecnológica es una escalera. Es un sistema, una red de trayectorias que se cruzan, una acumulación de capas, una interacción permanente. Una tecnología nueva puede volver a darle valor a una antigua. Una tecnología barata puede alterar el valor de una cara. Una tecnología sofisticada puede volverse económicamente insostenible. Una plataforma obsoleta puede encontrar una nueva función. Y un arma diseñada para una guerra del pasado puede terminar formando parte de una guerra que todavía no sabemos nombrar.

El campo de batalla del futuro será, paradójicamente, un lugar donde convivirán muchas guerras. La de nuestros abuelos. La de nuestros padres. La de nuestros tiempos. La guerra ya no avanza por generaciones que se reemplazan. ¿Quién será capaz de adaptarse más rápido cuando una nueva trayectoria modifique el valor de todo lo que ya existe? Quizá la próxima guerra no la gane quien tenga las armas más sofisticadas, ni quien tenga más armas. Quizá la gane quien sea capaz de reconfigurar más rápidamente su sistema de inercias. Porque las trayectorias generan inercias, las inercias interactúan, los quiebres las reconfiguran y las respuestas generan nuevos quiebres.

La guerra del futuro no será una guerra de generaciones. Será una guerra de adaptación permanente. Y quizá esa sea la verdadera revolución que estamos viendo: no que el futuro haya reemplazado al pasado, sino que el futuro ha descubierto que todavía puede necesitarlo.

Tal vez ahí esté el sentido último de la medusa que aquel piloto dice haber visto sobre los cielos de Irán. No era solo un arma. Era una imagen del propio campo de batalla: cuerpos grandes y pequeños, antiguos y nuevos, colgando unos de otros, moviéndose como una sola criatura sin dejar de ser, cada uno, lo que ya era. La guerra de dos siglos distintos no tiene una cabeza que cortar. Tiene capas que se sostienen entre sí.

Coda

Este ha sido un análisis frío, calculador como la guerra misma, donde las armas y las estrategias se presentan como si no existieran humanos en medio, siendo los civiles involucrados en la zona, e incluso nosotros los principales afectados, porque puede que a un “genio” se le ocurra usar la bomba nuclear y todo esto no sea más que un recuerdo “en este punto azul pálido” que somos en el universo de Carl Sagan. En esa probable realidad, se suele citar a Einstein —sin que exista fuente confirmada de que realmente lo dijo—: «No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé que la Cuarta la pelearemos con piedras y palos».

Fuentes:

HispanTV (documental «Sin Rodeos» sobre el ataque a Kuwait)

Air & Space Forces Magazine (reportes sobre el derribo de F-15E)

The War Zone (análisis del incidente)

CBS News (testimonio del piloto)

CNN (reporte sobre la «medusa» de drones)

Quantica24 («3 de abril, Una medusa en los cielos de Irán»)

José Lizarbe Ramirez
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