El doble terremoto que hasta el momento ha dejado más de 2.200 fallecidos nos debe invitar a la reflexión. Y en esa línea hay una inercia burocrática que debe estar en el banquillo.

Las imágenes que los medios de comunicación nos proporcionan sobre el terremoto de Venezuela son dramáticas: muchas personas quedaron atrapadas en el interior de las estructuras mientras los equipos de rescate enfrentan una realidad abrumadora: demasiadas emergencias al mismo tiempo, gente atrapada bajo los escombros, cerca de dos mil muertos al cierre de esta edición y un número aún indeterminado de desaparecidos.

Antes que cualquier análisis, corresponde lo esencial: salvar vidas, rescatar a quienes todavía esperan ayuda, facilitar el envío de ayuda internacional y acompañar a quienes han perdido todo. Este clamor debe estar siempre por encima de cualquier interpretación, incluido el presente artículo.

Entre las imágenes me llamó especialmente la atención un edificio que sufrió un colapso y quedó reducido a un amasijo de fierros y cemento. Sin embargo, el mismo remezón no parecía haber afectado a los edificios que lo rodeaban, los cuales permanecieron de pie. Otros resistieron el sacudón con daños limitados.

Algo que llama la atención es la ausencia clamorosa de maquinaria pesada capaz de remover los escombros. Reporteros señalan que muchas maquinarias desplazadas a la zona permanecen inamovibles por una razón: no hay combustible. En el país con las reservas de crudo más grandes del planeta. lo explicaría por qué las principales labores de rescate han recaído sobre ciudadanos y rescatistas profesionales.

Esto nos devuelve a la pregunta que muchos nos estamos haciendo en medio de esta emergencia: ¿qué ocurrió con los casi 200 edificios derrumbados? ¿Fue solamente la fuerza de la naturaleza o el terremoto reveló problemas humanos que ya existían antes de la sacudida?

Los terremotos tienen una característica inquietante: aparecen en un instante, pero su historia comenzó mucho antes bajo la superficie. Las placas tectónicas acumulan energía durante décadas o siglos. El momento del movimiento es solo la manifestación visible de un proceso silencioso: se sabe que ocurrirá, aunque no cuándo ni con qué intensidad.

La Tierra guarda una historia tectónica, mantiene años de aparente calma hasta que un día se manifiesta un quiebre en esa continuidad. Un terremoto pone a prueba mucho más que las fallas geológicas: pone a prueba las fallas humanas. Las ciudades, las instituciones, las normas de construcción, la planificación urbana y la capacidad de respuesta de un país.

Un edificio que colapsa mientras otros cercanos permanecen en pie no significa automáticamente una causa única. Puede haber muchas explicaciones: diferencias de diseño, calidad de materiales, características del suelo, antigüedad de la estructura o irregularidades que solo salen a la luz cuando llega una fuerza extrema. Precisamente por eso, después de un desastre, comienza una segunda etapa: la investigación. Ese edificio que señalamos líneas arriba constituye una señal de alerta que exige una investigación técnica para determinar si intervinieron errores de diseño, materiales, condiciones del suelo u otros factores 

La cuestión ya no es solamente cuánto tembló la Tierra, sino qué tan preparado estaba el sistema humano para resistir ese movimiento. Para comprender lo que rodea a un desastre utilizaremos el Esquema de la Inercia Existencial (EIE), un marco conceptual desarrollado por el autor del presente artículo para describir cómo uno o distintos sistemas acumulan cambios graduales hasta experimentar quiebres de diversa magnitud.

En este caso, el fenómeno geológico corresponde, según los análisis preliminares, a la falla de Boconó, uno de los principales sistemas tectónicos activos de Venezuela, donde se habría producido un doblete sísmico.

El terremoto del 24 de junio dejó una devastación sin precedentes en Venezuela. Los sismos provocaron la muerte de más de dos mil personas y dejaron más de 3.300 heridos. Cerca de 200 edificios colapsaron, miles de viviendas quedaron destruidas y al menos 3.142 personas perdieron su hogar. Las zonas más afectadas fueron La Guaira, Yaracuy y Caracas. Hospitales, carreteras, redes eléctricas, sistemas de agua y telecomunicaciones sufrieron graves daños. Las pérdidas económicas se estiman en 6.700 millones de dólares.

Más que un recuento de daños, este panorama es la expresión visible de múltiples inercias acumuladas durante años. El EIE no es una ley física sino un marco para observar cómo los sistemas acumulan tensiones invisibles hasta alcanzar un punto crítico. En este terremoto pueden distinguirse varias actuando simultáneamente: la inercia geológica, representada por la energía acumulada en las fallas; la inercia urbana, producto de décadas de decisiones sobre dónde, cómo y con qué construir; la inercia institucional, reflejada en la capacidad —o incapacidad— de hacer cumplir las normas, fiscalizar y prevenir; y la inercia social, expresada en la memoria colectiva que puede mantener viva la preparación y la solidaridad entre los sobrevivientes.

Una sociedad que pasa muchos años sin un gran terremoto puede comenzar a creer que el peligro no existe. Pero el silencio no siempre significa tranquilidad. A veces significa acumulación.

El Niño

Este patrón no es exclusivo de Venezuela ni de los terremotos. Aparece en otros sistemas y en otras geografías, incluida la nuestra. El Perú no está exento de un gran terremoto: vivimos en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una de las regiones sísmicas más activas del planeta. Los especialistas pronostican que entre Áncash e Ica se acumula energía tectónica que podría manifestarse en cualquier momento. Sin embargo, lo más urgente en estos momentos es la llegada de un mega fenómeno de El Niño, para el que cabe preguntarse: ¿estaremos preparados?

El calentamiento de las aguas oceánicas en el Pacífico Sur ya es una realidad. En pleno invierno, Lima atraviesa días inusualmente soleados y noches frescas; las ventas de ropa de abrigo en Gamarra han caído. El Niño no aparece solo después de las inundaciones: empieza meses antes, con cambios graduales en el océano y la atmósfera, y eso ya está ocurriendo.

A diferencia de un terremoto, que se manifiesta en cuestiones de segundos, El Niño suele anunciar su presencia con suficiente anticipación como para preparar una respuesta. Cuando el agua finalmente baja por las quebradas y provoca tragedias humanitarias, los gobiernos de turno suelen atribuir la responsabilidad a sus predecesores. Con ello, la responsabilidad política termina desplazándose hacia el pasado donde no hace daño, mientras los problemas presentes permanecen sin resolver.

La inercia, en este caso, no está en la naturaleza sino en la decisión humana de ignorar advertencias conocidas o de mantener sin cambios viejos problemas heredados. La cuestión fundamental no es solamente qué hizo la naturaleza. También debemos preguntarnos qué vulnerabilidades había acumulado la sociedad antes de que la naturaleza pusiera el sistema a prueba. ¿Qué hicimos con las advertencias disponibles? ¿Se actuó antes de que ocurrieran los quiebres?

Esa preocupación fue resumida con precisión por el especialista en clima Abraham Levy: «Hay que pedirle a la Divina Providencia que no llueva porque no estamos preparados».

La economía también entra en esta ecuación. Un evento natural puede afectar la producción, el empleo, la infraestructura y los precios. Por eso un terremoto, una inundación o una crisis no deben analizarse como hechos aislados: atraviesan múltiples sistemas conectados y generan efectos en cascada. La naturaleza puede ser el detonante, pero el impacto final —y la capacidad de amortiguarlo— dependen de la historia acumulada de cada sociedad. Si el gobierno actual y las gestiones anteriores no actuaron oportunamente en la prevención, la improvisación volverá a convertirse en nuestra incierta tabla de salvación.

La verdadera pregunta después de una tragedia no debería ser solamente por qué ocurrió. También debería ser: ¿qué señales estuvieron presentes antes de que ocurriera y qué hicimos —o dejamos de hacer— con ellas? Los grandes eventos son auditores involuntarios. Revelan aquello que permanecía oculto: las fortalezas de una sociedad y también sus fragilidades.

Existe una diferencia fundamental entre un terremoto y otros tipos de crisis. La falla geológica no puede escuchar advertencias. Los seres humanos sí. Y ahí radica la verdadera asimetría que el EIE intenta nombrar: la naturaleza no tiene memoria moral; las sociedades sí. Cada desastre llega acompañado de un archivo previo —informes técnicos, alertas tempranas, estudios de suelo y planes de contingencia nunca ejecutados— que demuestran que los quiebres no fueron una sorpresa para el sistema, sino para quienes decidieron administrarlos.

La ruptura no empieza el día que ocurre. Empieza el día en que alguien leyó la advertencia, la archivó y siguió adelante en una inercia burocrática. Los sistemas complejos rara vez colapsan por una única inercia, lo hacen cuando varias interactúan hasta alcanzar un punto crítico.

Lo más peligroso de este repetido acontecer catastrófico es que genera un acostumbramiento social. La población, al ver que el Estado no construye resiliencia, también baja la guardia o se resigna a la precariedad. Es un círculo vicioso donde la inercia del gobierno alimenta la vulnerabilidad del ciudadano en una inercia circular. 

José Lizarbe Ramirez
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