Laura Camargo ha investigado la forma de comunicar de Donald Trump y cómo ha impactado en otros líderes de la derecha a nivel mundial. ¿Qué estrategias debe implementar la izquierda? ¿Solo basta con la propuesta progresista?

Durante su campaña, una frase de Donald Trump fue restaurar el orden perdido. Una frase que Keiko Fujimori dijo constantemente durante su campaña fue ‘La fuerza del orden’ y ‘Perú con orden’. Esto que para algunos sería solo una casualidad, es más bien el resultado de una estrategia mundial implementada por la extrema derecha y que la investigadora española Laura Camargo Fernández aborda en su libro Trumpismo discursivo. Origen y expansión del discurso de la ola reaccionaria global (Editorial Verbum 2024).

Camargo, quien también es docente universitaria y militante de los Anticapitalistas -grupo político que fue parte de Podemos y por quien llegó a ser diputada-, ofrecerá una conferencia este viernes 14 de agosto a las 6.00 p.m. en el Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. 

Antes de su visita, Quantica24 logró conversar con ella y explorar lo que actualmente ocurre con la narrativa de Donald Trump, su protagonismo en América Latina y el papel que cumplen las redes sociales como herramienta fundamental de la derecha.

Usted publica Trumpismo discursivo antes del inicio del segundo gobierno de Donald Trump. ¿Qué aspectos le han llamado profundamente la atención de este segundo mandato? 

El libro lo envié a imprenta en septiembre de 2024. Y lo envié con la hipótesis de que Donald Trump, por desgracia, pudiera ganar las elecciones. A esto, esbozo la posibilidad de que en su segundo gobierno podría implementar acciones que no pudo realizar en su primer mandato. Por ejemplo, no sabía si exactamente iba a utilizar el eje del racismo de una manera tan cruel, inhumano y con ese exhibicionismo y espectacularización que lo está haciendo. Por eso, en el libro apunto algunas ideas con relación a lo que no pudo hacer en su primer mandato.

¿Por qué cree que no las pudo hacer?

En mi opinión, por tres razones. La primera porque a su primer gobierno llegó muy novato. De hecho, tampoco él tenía muy claro de que podía ganarle a Hillary Clinton. Sin embargo, durante la campaña sus asesores lo convencen que va a ganar. Es ahí donde el tipo llega al poder, muy inexperto, sin equipo y sin el control total del partido republicano.

¿Cuáles fueron las otras dos razones?

Definitivamente, su pésimo manejo del COVID-19. Durante la pandemia, Trump tuvo una gestión nefasta y totalmente criminal. A ello le sumo su política racista y en la que se enfrentó al movimiento Black Lives Matter (La vida de los negros importan). Eso movilizó muchísimo el voto. El resultado fue el triunfo de Joe Biden. Por eso, hoy, en su segundo mandato, está haciendo lo que no pudo hacer y, de hecho, está yendo más allá porque hay algunas cuestiones que yo misma no me esperaba.

                                                                                                                                                                     ¿Qué opina del papel que ha jugado Steve Bannon como exasesor de Trump e intenso activista en partidos de Europa?

Sí, la influencia de Steve Bannon fue fundamental como su primer estratega. De hecho, las primeras elecciones que gana, en 2016, el propio Bannon en un momento dado reconoce que sin él Trump no habría ganado. Y esto Trump también lo reconoce. 

¿El aporte de Bannon impacta en las estrategias comunicativas?

Es que Bannon no solo elige el eje de la campaña electoral sino algo que es muy importante: las estrategias comunicativas. Esto se ampara en el uso masivo de las redes sociales por encima del uso de la prensa. Y elige una estrategia que sigue siendo fundamental en esta segunda legislatura trumpista, lo que se conoce como Flood the zone with shit, que es inundar la zona de mierda. De ese modo, se marca un eje central de los debates a partir de la inundación constante de informaciones, no importa que sean mentiras, sean verdades, sean barbaridades, sean insultos o actos verdaderamente impensables para una persona que será elegido presidente de los Estados Unidos.

Todo bajo control…

Exactamente. Con esa inundación se controla la conversación política y se controla el panorama mediático. Yo creo que estas dos cuestiones fueron los ejes principales de la campaña, centrados también en lo que llamaron American First, los nativos primero, basado en una narrativa racista y profundamente excluyente. 

Sin dejar de lado la promesa de bienestar económico.

Por supuesto. El discurso de Trump incluyó la reactivación de la economía criticando a las élites. Le funcionó muy bien la narrativa antiélite y antiestablishment gracias a los consejos de Bannon. Fue un discurso que enganchó muy bien con este sector de la sociedad que había sido prácticamente abandonado. 

Pero ahí también hay evidentes promesas no cumplidas

Claramente, desde que Trump llegó al gobierno no ha aumentado el empleo sino por el contrario ha aumentado la inflación y se ha incrementado el desempleo. Es decir, es mentira que Trump haya creado más puestos de trabajo porque, con todas las políticas del DOGE -Departamento de Eficiencia Gubernamental- que inició Elon Musk y los despidos masivos de funcionarios de diversos departamentos dependientes del Estado, ha aumentado el paro y luego, por supuesto, no han desarrollado las políticas de reindustrialización que Estados Unidos supuestamente iba a llevar adelante. 

Esta estrategia propuesta por Bannon se quedó en el gobierno de Trump, más allá de que él mismo ya no esté más en la Casa Blanca.

Sí, él sale seis meses después por uno o varios escándalos. Uno de ellos fue la campaña de recaudación de dinero para construir el muro en la frontera con México. Ese dinero no lo declaró y él admitió ese fraude, se declaró culpable. Recordemos que hubo dinero que llegó de las aportaciones de los solidarios estadounidenses que querían que ese muro se construya. 

De todos modos, Bannon no ha estado quieto y tras salir del gobierno de Trump llevó su narrativa a varios países europeos.

Es que él ya tenía en mente montar, lo que él llama ‘El movimiento’, que es una especie de internacional de la extrema derecha europea y te diría de impacto mundial. Para él, Europa es un continente fundamental para poder expandir la ola reaccionaria a nivel global. Y, bueno, se inicia así la expansión de estas formas comunicativas que le habían resultado tan exitosas a Trump en los Estados Unidos.

Es ahí donde el Trumpismo discursivo adquiere solidez como forma de comunicación, especialmente en las redes sociales bajo la complicidad de grandes medios de la derecha.

Es muy claro lo que dices. Hay un papel fundamental que juegan, por un lado, las redes sociales y, por otro, las terminales mediáticas o grandes corporaciones mediáticas que la extrema derecha y la derecha han ido regando con dinero para tenerlas a su servicio. 

En ese contexto, ¿cómo analiza la reacción de la izquierda?

La izquierda está en un momento de retirada. De algún modo, mientras la derecha se ha ido radicalizando cada vez más, la izquierda se ha ido moderando y entrando en la senda del progresismo, que hoy es uno de los principales problemas que tenemos, a pesar que desde afuera -me imagino- se debe ver con buenos ojos que haya un gobierno como el de Pedro Sánchez, que es un gobierno social liberal. Es decir, es una economía de mercado muy defensora del modelo capitalista, pero con una especie de barniz humanitario y, por lo menos, con un retórica de defensa de los derechos humanos y, podríamos decir, de defensa de ciertos valores social demócratas.

Sin embargo, desde afuera también notamos que los esfuerzos comunicativos de la izquierda aún están pálidos…

Bueno, es cierto que en esta batalla comunicativa se están empezando a dar pasos para poder disputar el espacio a las fuerzas de la extrema derecha, pero creo que eso no está resultando de momento demasiado efectivo. 

¿Por qué? 

Yo creo que nuestro campo de disputa y nuestro campo de batalla debe ser la movilización popular y esta debe volver a las calles, a la presencialidad.

¿Esto tiene que ver con la crítica que únicamente sale del ordenador o el celular?

Sí, afecta dejar todo a la cuestión virtual, a las redes. La izquierda debe entender que en las redes jugamos con una mano atada en la espalda y con un solo pie. Por eso, debe entender que ese no es nuestro campo de juego. Pese a que se percibe cierto repunte y un reflujo hacia arriba de gente de una izquierda menos progresista y más anticapitalista que está reaccionando y queriendo copar espacios en las redes sociales. 

Pero se enfrentan a una derecha multimillonaria.

Aquí la cuestión es que, efectivamente, quienes ponen muchísimos más recursos, muchísimos más millones son quienes lo tienen. Y hay que decir que el capital está totalmente aliado con estas fuerzas reaccionarias y los grandes capitalistas no solo ponen su dinero sino también sus empresas. Así está jugando la extrema derecha. 

¿Un ejemplo de ello fue el papel que jugó Elon Musk?

Claro. Lo de Elon Musk -y otros magnates- compraron redes sociales y las han puesto al servicio de las campañas electorales e ideológicas muy reaccionarias.

La injerencia del gobierno de los Estados Unidos en América del Sur se ha manifestado con intensidad en las recientes elecciones en Honduras, Perú y Colombia. ¿Cómo observa usted esto desde España?

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y la entrada en ese orden de la gobernanza global de los Estados Unidos, las cosas fueron avanzando de una manera irregular y en zig zag. Sin embargo, hoy hemos entrado a una fase muy diferente en la cual el imperialismo se manifiesta en América Latina de una forma inevitable. 

Ya no estamos hablando de una cuestión en la que el Fondo Monetario Internacional – FMI- esté extorsionando con la deuda a los países latinoamericanos -que lo hemos visto en innumerables ocasiones- sino que el mismo tesoro de los Estados Unidos interviene para condicionar, por ejemplo, las elecciones de medio término en Argentina y conseguir que Javier Milei gane esas elecciones por la vía de una intervención del tesoro de los Estados Unidos. Y esto hay que ponerlo en su justa medida y hay que valorarlo sabiendo que están dispuestos a cualquier cosa para que los países latinoamericanos se conviertan en vasallos del trumpismo. 

¿Es una versión remozada de la doctrina Monroe?

Es que el trumpismo no solo viene a reafirmar la doctrina Monroe sino a hacer algo muy diferente que es: conseguir que todos los países latinoamericanos se conviertan en países afines y vasallos al gobierno de Donald Trump. 

Fíjate. Antes había como un fenómeno de turno o turnismo’. En Estados Unidos existían gobiernos más de derechas y gobiernos menos de derechas. No vamos a decir de izquierda porque en Estados Unidos eso no sucede, algo que sí sucedía en algunos países de Latinoamérica. Incluso, habían gobiernos más de izquierda, más progresistas, claramente, y gobiernos de derechas. Hoy las cosas están cambiando de tal modo que llegamos a ver turnismos en los cuales la izquierda esta totalmente arrinconada, salvo el caso de Brasil.

La izquierda está arrinconada y sobre ella se dice absolutamente de todo.

En realidad la fuerza de la extrema derecha y del evangelismo que también tiene muchísimo que ver con este auge reaccionario es tal que han conseguido generar esta idea de que todo lo que sea la izquierda es corrupción. Y en Brasil, por ejemplo, también se regado ese concepto en la conciencia de mucha gente de la clase trabajadora. Eso es quizás lo más sorprendente. 

Esa actitud injerencista ha sido silenciosamente aceptada en casos como el de Venezuela. 

Diría que el caso Venezuela fue una injerencia tan abierta que permitió secuestrar al presidente Nicolás Maduro y poner ahí un gobierno títere -que además es colaboracionista con Israel- algo nunca visto. Súmale la intervención con el asunto de Colombia para la victoria de Abelardo De La Espriella, una victoria muy relacionada también con el trabajo en redes sociales monitoreado desde la Casa Blanca. Toda esta injerencia trumpista cambia totalmente las reglas de juego y nos obliga a replantearnos qué papel juega hoy la izquierda organizada y la de una izquierda que no solo aspira a hacer pequeñas reformas en este capitalismo que lo va a arrasar todo y que está entrando en una fase autoritaria de no retorno, sino que plantea también un horizonte postcapitalista y que no es posible continuar como estamos.

El ciudadano de hoy acepta que sus candidatos a la presidencia tengan serios cuestionamientos con la justicia. Incluso los elige presidentes. Me refiero, en especial, a los triunfos de Abelardo De La Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú. ¿Estamos jugando con fuego? En su opinión, ¿qué estrategia utilizan estos candidatos para salir airosos?

A Trump le pasa lo mismo. Es decir, Trump empieza su carrera electoral, especialmente al segundo mandato teniendo serios problemas con la justicia. Es un presidente que ha sido condenado por la justicia de su país. Por tanto, lo que estamos viendo es que esta imagen de outsider y de víctima del sistema es utilizada por los candidatos para aparecer como algo diferente a lo que se presenta como un establishment. 

¿Se presentan como víctimas?

Claro. Yo creo que se utiliza el victimismo como una estrategia por parte de estos líderes y eso les está dando buen resultado. Por ejemplo, aquí también -en España- lo hemos tenido en el caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Diaz Ayuso, que es una buena vasalla de Trump. Ella ahora mismo está alineada en las posiciones de la derecha radical y también ha conseguido ganar y revalidar su mayoría en la Comunidad de Madrid gracias a una campaña en la que victimizarse jugó un papel fundamental. 

Entonces, de momento sabemos que tener problemas con la justicia les juega a favor a estos líderes de la ola reaccionaria. Así que, estoy segura, que aún vamos a ver cosas más sorprendentes.

En ese contexto, ¿qué papel siente que jugará Brasil en una América del Sur prácticamente tomada por una derecha extremista?    

Tengo la sensación de que la situación en Brasil es mala para Lula, es mala para el progresismo. Por ejemplo, no creo que Lula sea un líder que quiera acabar con el capitalismo. Es decir, como todo ha virado excesivamente a la derecha, entonces surgen posiciones que parecen muy de izquierda cuando no necesariamente lo son. Esto tiene que ver con que la expansión del sentido común, reaccionario y profundamente clasista, conspiranoico y anticomunista. 

Propaganda anticomunista que, evidentemente, funciona muy bien.

Es que hoy todo se vincula al comunismo, incluso expresiones profundamente moderadas de la izquierda, son concebidas como comunistas Y estamos viendo cómo Donald Trump está diciendo: el enemigo vuelve a ser el comunismo. Un ejemplo es cómo las propuestas socialdemócratas del alcalde de Nueva York —Zohran Mamdani—  les suena a izquierda radical cuando no lo son. En ese sentido, la situación en Brasil creo que es crítica. Ojalá me equivoque. Pero creo que la extrema derecha, con esa narrativa, no solo está muy fuerte sino muy envalentonada. Y eso va a hacer un problema.

La Constitución de Estados Unidos impide que Donald Trump postule nuevamente al cargo de presidente. ¿Usted presiente que pateará el tablero y hará lo imposible por mantenerse en el poder?

En la Constitución de los Estados Unidos se dice explícitamente que una misma persona no puede ser más de dos veces presidente. Dicho esto, estamos en un contexto en el que podrían pasar cosas que nunca hubiéramos imaginado. Y a eso está jugando también Trump. No es como la primera legislatura, como decíamos antes, que era un novato y no tenía un aparato sólido. Hoy él va con todo y a pesar de que el mandato de la Constitución es explícito, podría ir contra ella. Yo quiero creer que no lo va a conseguir. Sin embargo, hay una parte de mí, que me dice que lo va a intentar hasta el último aliento y que hará su propia campaña para conseguirlo. Es decir, más allá de que él sea o no el candidato para las próximas elecciones, con lo que juega es con la idea de tener el poder absoluto para hacer lo que se le ponga enfrente, incluso si eso incluye directamente violar un artículo de la Constitución estadounidense. 

Ya lo dijo en el Foro Económico Mundial de Davos.

Sí, claro, él bromeó con la idea de que los dictadores a veces eran necesarios. “Ah me dicen a veces que soy un dictador, pero a veces un dictador también está bien”. Entonces, yo creo que está jugando mucho con esta posibilidad de presentarse y lo está haciendo desde la provocación, que dicho sea de paso, siempre la ha utilizado bien. Por ahora, veamos qué pasa en el medio mandato que lo tenemos en noviembre. Ahí veremos cómo le va a Trump agitando el espantajo del enemigo interior, el anticomunismo y el asunto de la guerra. Recordemos que el régimen de Trump utiliza el belicismo también como un arma electoral.

Foto de portada: Diario de Mallorca

Martin Gomez
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