La agresión sexual que sufrió un adolescente por parte de sus compañeros del colegio Liceo Naval, en Lima, causó estupor en la sociedad peruana. Sin embargo, ¿a qué reflexión nos lleva lo sucedido?

I

En la Lima de 1983, un niño llegó de Ayacucho a mi barrio huyendo de la violencia terrorista. Los vecinos de su generación le impusimos un estigma a modo de chapa: ‘Uchuraccay’, evocando el nombre del pueblo ayacuchano donde se cometió la masacre de los ocho periodistas y un guía. No era un apodo inocente; era una hoja de doble filo. Un borde marcaba el origen; el otro cercenaba la dignidad. Al mismo tiempo, cuando la papa a la huancaína, el queso Paria o el olluco llegaban a las mesas, la burla se transformaba en elogio hacia el plato serrano: «qué rico mi olluquito con charqui y mi huancaína con su quesito Paria», la costumbre culinaria traída por nuestros padres, cuyo origen, en la mayoría de casos era, paradojas de la vida, la sierra peruana. Es decir, la misma geografía andina sufría distintas interpretaciones: en la mesa es sabor y mistura; en el cuerpo, una afrenta intolerable.

Preguntarse por qué la otredad andina ocupa un peldaño subordinado en la jerarquía social costeña exige una respuesta: en el racismo no hay sustento biológico, sino ignorancia heredada. Cuando la ignorancia se burocratiza durante siglos —a lo largo del Virreinato y la República—, deja de necesitar justificaciones teóricas para operar: se convierte en un reflejo condicionado: el nombre que Iván Pávlov le puso a la repetición constante que termina instalándose de forma definitiva en la mente de cualquier ciudadano y solo con ciencia y conocimiento se puede desinstalar.

El problema crucial no reside únicamente en teorizar el racismo en abstracto, sino en precisar qué ocurre cuando ese reflejo social aborda un transporte escolar, se cierran las puertas y la jerarquía cultural se traduce en violencia física y sometimiento del vulnerable. Vincular este episodio con el racismo no es una construcción retrospectiva de quien escribe este ensayo: la hipótesis la planteó primero un familiar de la víctima y la recogió también el periodista Marco Sifuentes en un reel de La Encerrona que circuló ampliamente en TikTok, apenas conocido el caso.

II

El 15 de septiembre de 2026, un bus del Liceo Naval Almirante Guise regresaba a San Borja tras una jornada deportiva. En su interior, un estudiante de 16 años fue víctima de una agresión sexual por parte de varios compañeros de quinto de secundaria. A bordo se encontraban trece personas: diez alumnos y tres adultos —el conductor, un docente y un entrenador suplente—, quienes permanecieron en la parte delantera sin ejercer supervisión ni contención mientras el abuso ocurría en las filas posteriores. El caso desencadenó la intervención de la Fiscalía de Familia, la reclusión preventiva en ‘Maranguita’ de seis de los menores investigados y el anuncio del Ejecutivo sobre la reorganización del plantel bajo la gestión del Ministerio de Educación.

Los hechos brutos, sin embargo, no se explican a sí mismos. Para descifrar la mecánica de esta violencia concurren dos marcos teóricos complementarios: el que examina el recipiente y el que identifica la matriz del liderazgo.

III

El famoso psicólogo Philip Zimbardo articuló, tras el Experimento de la Prisión de Stanford, la tesis de que la conducta aberrante no deriva primariamente de la «manzana podrida», sino del «barril podrido». En un espacio donde la autoridad abdica, los roles coercitivos se asumen con rapidez y la responsabilidad individual se distribuye en todos los implicados: es decir, cuando la autoridad no se ejerce, los alumnos toman el control.

En el caso del Liceo Naval, el barril está representado por la arquitectura institucional: un fuero escolar que en la teoría profesa disciplina estricta, pero colapsa en la supervisión efectiva. No obstante, el enfoque situacional de Zimbardo adolece de una limitación: explica la fascinación de los espectadores y la rápida adhesión del grupo, pero no la génesis del acto. El barril no se pudre solo; alguien tiene que empezar ese proceso.

IV

Para entender el origen del proceso es indispensable acudir a la criminología de Louise Porter y Laurence Alison sobre violencia sexual grupal. Sus investigaciones demuestran que en la abrumadora mayoría de las agresiones colectivas existe un nodo de influencia claro: un líder primario que no solo inicia el ataque físico, sino que modela la conducta del resto y valida la agresión.

Lo ocurrido en el bus no responde a un caso aislado o a un descontrol caótico entre iguales; responde a una dinámica donde alguien da el primer paso con la certeza previa de que la estructura social lo ampara. Cuando ese «iniciador» encarna —o se percibe que encarna— los marcadores de privilegio del ecosistema escolar (mayor estatus socioeconómico, tez más clara, apellido vinculado al estamento o la capital), su liderazgo deja de ser un rasgo puramente psicológico para volverse la reproducción del orden estamental en versión adolescente. Conviene precisar los grados de certeza: la Fiscalía no ha identificado oficialmente ese perfil en ningún estudiante en particular, de modo que la hipótesis conserva su estatus de patrón estructural; pero cuenta ya con el respaldo de un testimonio directo. La asimetría de edad —16 años frente a jóvenes de último año— acentúa la indefensión del agraviado. El entorno implícito ha jerarquizado los cuerpos mucho antes de que el bus se ponga en marcha.

V

Aquí radica el núcleo distorsivo: el componente racial e identitario. En el Perú, el prejuicio no opera únicamente como un sesgo de opinión, sino como un principio de ordenamiento espacial y de ubicación dentro de la escala humana. A esto se suma el componente de la «cadena de mando» en el que crecen muchos niños y adolescentes de colegios militares. Un amigo que sirvió a la Marina en los años 80 me contó que un oficial llevó a su grupo a unas labores fuera de la institución y llegaron a un colegio donde estudiaban los hijos de marinos donde vio a niños de seis, siete y ocho años pelearse por el rango de sus padres: «Mi papá es capitán», «Mi viejo es comandante, jojolete». Esta lógica jerárquica no se extingue en la infancia; migra e intensifica sus formas durante la adolescencia.

El sociólogo Gonzalo Portocarrero documentó ya en los años 90 cómo el mestizaje peruano funciona como una ideología del blanqueamiento: el valor social sube en la medida en que el cuerpo se acerca al fenotipo europeo, y baja cuando se acerca al andino o afrodescendiente. Estudios psicométricos más recientes —como la adaptación de la Escala de Racismo Simbólico (2026)— confirman que ese sesgo persiste y se correlaciona directamente con la disposición a aceptar jerarquías grupales rígidas o de corte militar.

El testimonio directo y la investigación periodística de Perú21, publicada el 20 de septiembre de 2026 bajo la firma de Joma Gálaga, despeja cualquier ambigüedad conceptual. El propio menor ultrajado declaró que no era la primera vez que se burlaban de él; dos años antes, en un contexto deportivo similar, los mismos compañeros ya habían ejercido violencia en su contra, episodio que entonces no consideró tan grave como para contarlo. El hostigamiento verbal era cotidiano y explícito: frases como «negro, no la cag…», «simio» o «métete suave, zambo» buscaban responsabilizarlo de las derrotas deportivas e inferiorizarlo por su fenotipo. Tras culminar la agresión sexual en el bus, el desprecio racial quedó sellado con la expresión de uno de los atacantes: «cholo de m…».

Un familiar de la víctima, en entrevista periodística, lo sintetizó con la voz entrecortada en el reel de La Encerrona: «Esos blanquitos no admiten que un zambito lindo sea el mejor jugador de fútbol, que juegue para la Selección […] eso se llama racismo en toda su potencia». No hace falta el aparato teórico de Portocarrero para nombrar lo que esa vivencia describe con precisión quirúrgica: el cuerpo racializado es tolerado en la cancha si rinde, pero castigado con saña si amenaza con sobrepasar el estatus de sus pares.

A esto se suma la inacción institucional y el encubrimiento por omisión. Docentes y tutores del Liceo Naval admitieron en reserva que las agresiones, el bullying y la discriminación por el color de piel del menor eran de conocimiento del colegio desde hace al menos dos años y habían sido advertidos a los padres a inicios del ciclo académico. Sin embargo, la ausencia de un protocolo interno contra el racismo y la participación imperturbable de alumnos con antecedentes de mala conducta permitieron que la violencia escalara. Tal como relató una alumna del plantel a Perú21, el clasismo y el racismo forman parte de un código no escrito en la institución donde la jerarquía militar o social de los padres otorga impunidad para estigmatizar al «extra» o al de piel más oscura.

Después de la jornada deportiva los adolescentes fueron al chifa, lugar donde uno de ellos hizo un ademán que aludiría a lo sucedido, según el video difundido en exclusiva por Panorama. Al día siguiente de ocurridos los hechos, padres de familia y profesores del propio plantel confirmarían, en un plantón frente al colegio, que las denuncias de bullying, racismo y discriminación no son nuevas ni aisladas, sino que se registran incluso desde primaria. Por un día, al menos, el colegio administrado por la Marina de Guerra del Perú pareció menos un centro educativo regular que una versión adolescente y mixta del mundo cerrado que Mario Vargas Llosa retrató en La ciudad y los perros: jerarquía, discriminación de casta, código de silencio y violencia entre pares plenamente tolerada por la autoridad adulta.

VI

Las medidas administrativas anunciadas —la transferencia de la gobernanza al Minedu y el apartamiento del personal docente— intervienen sobre la estructura del barril. Las acciones penales contra los presuntos agresores buscan fiscalizar la responsabilidad de la cabeza. Sin embargo, ambas respuestas resultan insuficientes si se ignora el trasfondo ideológico que viabiliza el ultraje.

Pretender corregir el problema con pasar la administración del colegio de la Marina al Ministerio de Educación es querer salvar las manzanas cambiando solo el envase: se requiere una intervención integral que desmonte la cultura de dominación en ambos frentes.

Esto ha sido la descripción de un colegio, pero lejos de ser un lunar, es el reflejo de muchos colegios en el Perú. Lo cruel es que el racismo habita en casi todas las aulas y barrios del Perú, de forma tenue o explícita; en la mayoría de los casos, el silencio o la indiferencia son la alfombra debajo de la cual se barren estas taras sociales. Pero la basura siempre queda latente, a la espera de una remodelación completa que nunca parece llegar y se acumula en esta vieja casona social que es el Perú.

José Lizarbe Ramirez
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