El escándalo de Fernando Cerimedo y sus granjas de bots tuvo impacto en varios países. Sin embargo, en Perú no ocurrió lo mismo. ¿A quién le conviene? Quizás Iván Pávlov nos ayudaría con la respuesta. O acaso la lucidez de un taxista resignado.
Hace unos días abordé un taxi, es curioso, el dial de su autoradio sintonizaba una conocida radio informativa. Para matar el tiempo le pregunté al taxista sobre el acontecer político porque considero que suelen darnos un análisis urbano de lo que pasa, esta vez me llevaría una sorpresa:
—¿Conoce el caso de Fernando Cerimedo?
—No —respondió con total despreocupación.
Cerimedo es el consultor argentino señalado por difundir desinformación en las campañas de Milei y Bolsonaro. Diseñó operaciones de trolls, noticias falsas y guerras sucias digitales. No es solo un político: es un fabricante de percepciones, y se le acusa de manipular elecciones mediante el uso de la desinformación y la mentira. Un ingeniero del ruido. Intento explicárselo.
—Un momento —me interrumpe, respiré su enfado—. No quiero saber. ¿De qué sirve que me entere, si todo va a seguir igual? ¿Algo va a cambiar porque yo sepa lo que hacen los políticos de turno? Todos roban, eso nadie lo va a cambiar.
Ahí está. No es ignorancia. Es un reflejo condicionado. La palabra «políticos» dispara la respuesta antes de que la información llegue al cerebro. El legendario neurólogo ruso, Iván Pávlov, lo habría reconocido: el estímulo no es la noticia, es la mención del poder. El perro no necesita oler la comida; le basta con oír la campana. El taxista no necesita saber qué hizo Cerimedo; le basta con saber que es un tema político.
Pávlov, de hecho, tampoco buscaba esto. Estudiaba la digestión de los perros, hasta que notó algo que terminaría eclipsando el resto de su obra: los animales salivaban antes de ver la comida, apenas escuchaban los pasos del asistente que se las traía. Así nació el conocim iento acerca del reflejo condicionado. Bastaba repetir un estímulo neutro una y otra vez para que la mente terminara identificando lo que conllevaba ese estímulo. Dos décadas después, el estadounidense John B. Watson quiso comprobar si ese mismo mecanismo funcionaba en un ser humano. Tomó a un bebé de nueve meses, «el pequeño Albert», y le enseñó a temerle a una rata blanca asociándola con un ruido espantoso. Funcionó. El miedo, igual que la saliva del perro de Pávlov, también se puede fabricar por repetición.
Lo que le pasa al taxista es exactamente eso, cien años después y sin ningún laboratorio de por medio. La inercia es clara: todos roban, nada cambia. Es un marco que organiza el mundo, que protege del esfuerzo inútil, que justifica no leer, no preguntar, no indignarse, no escuchar. Se produce una inercia existencial que no describe cómo funciona la política: describe cómo se sobrevive a ella. Es una forma de habitar el mundo y pasar inadvertido. Y como todo hábito bien aprendido, no se disuelve con un dato. Se disuelve, si acaso, con un golpe lo bastante grande como para que el sistema creado no pueda absorberlo.
Mi intento de informar al taxista fue ese golpe. Pequeño. Un estímulo nuevo en la conversación. Pero el sistema lo absorbió y lo devolvió: en lugar de abrir una pregunta, reforzó el blindaje mental. Hay quiebres que no cambian nada porque el sistema ya los esperaba. La campana suena, el perro saliva, y todo sigue igual.
Lo inquietante no es que este mecanismo funcione en perros o en bebés o en taxistas. Es que funciona igual de bien en frases que ni siquiera existieron. «Miente, miente, que algo queda», se le atribuye a Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler. Nunca la dijo. No existe un solo documento, discurso o carta donde aparezca. Un investigador rastreó una idea parecida hasta Plutarco, en el siglo I después de Cristo, quien ya advertía que aunque una calumnia se desmienta, «siempre quedará la cicatriz». La ironía, cual perro de Pávlov, se muerde la cola: la prueba más contundente de que «miente, miente, que algo queda» funciona es la propia frase, que se volvió verdad a fuerza de repetirse sin que nadie la verificara.
Si el mismo reflejo puede fabricar miedo en un bebé y verdad en una mentira, ¿qué se puede fabricar cuando ya no depende de un científico con una campanilla, ni de un ministro con un megáfono? La respuesta está en una habitación llena de teléfonos encendidos funcionando las 24 horas.
Según reportes de prensa, en agosto de 2026 la policía boliviana detuvo a Cerimedo, apodado «el rey de los trolls», acusado de intento de feminicidio contra su expareja Nadia Beller a la que —según la denuncia de esta— habría intentado matar contratando sicarios.» Fue un allanamiento posterior el que destapó el hallazgo que aquí importa y las revelaciones de Beller: una habitación con las paredes cubiertas de celulares encendidos, una «granja de bots» capaz de administrar miles de cuentas falsas desde un mismo punto. Su trabajo, dicen las fuentes periodísticas, no era convencer a nadie con argumentos. Era repetir y mentir.
Ahí está la diferencia con Pávlov que utilizó al mejor amigo del hombre frente a una campanilla, y con Goebbels, que necesitó un ministerio con miles de empleados redactando consignas. La granja de bots no necesita ningún cuerpo animal o humano de por medio para multiplicar un mensaje hasta que parezca la opinión mayoritaria. Se llama «granja» precisamente por eso: se cría al bot en serie, como se cría a las gallinas en batería, y ese bot sale después a pastorear —a condicionar— a millones de personas reales que discutían con un robot.
Uno esperaría que semejante hallazgo sacudiera a la región entera. En Chile lo hizo, pero en Perú, según mi criterio, no. Aquí el caso pasó por la mayoría de noticieros como una nota más, sin seguimiento, sin preguntas incómodas. La costumbre mediática peruana —repetir, no verificar; comentar, no investigar— absorbió el golpe sin despeinarse. Y no debería sorprender: si buena parte de las televisoras y radios repiten la misma retórica día tras día, ¿por qué habrían de cuestionar el mecanismo que las hace parecerse tanto entre sí? La granja de bots no es una anomalía del sistema. Es su versión industrial. Denunciarla sería denunciarse.
Es el mismo silencio que, según versiones periodísticas no desmentidas, dejó pasar sin mayor exigencia las reuniones de Keiko Fujimori con un operador político en un sauna, hasta cuatro veces seguidas sin mayor explicación. Nadie insistió. Nadie repreguntó. Y ese silencio se repite con cada escándalo que no conviene amplificar: la denuncia aparece, se comenta un día, y se disuelve sin que nadie haya vuelto a preguntar porque, de forma oportuna, aparecen cortinas de humo. La campana sonó, el perro salivó, y el noticiero pasó a la siguiente nota.
El taxista no leyó a Pávlov. Pávlov lo leyó a él. Ese hombre que se niega a escuchar una noticia, aunque escuche una radio política, porque «todo va a seguir igual» no ejerce el escepticismo: ejecuta un reflejo. Y yo, que creí estar del otro lado, hago lo mismo cada vez que respondo con una frase hecha, cada vez que decido no preguntar, cada vez que asumo que ya sé cómo termina. La diferencia es que él al menos lo dice en voz alta. Yo escribo este ensayo y llego a esta conclusión al terminarlo.
Pávlov y Cerimedo bajaron de un taxi. El taxista no los vio bajar. Yo tampoco.
