La guerra que libra Estados Unidos e Israel frente a Irán ha pasado del territorio al sistema, del ejército al algoritmo, de lo visible a lo imperceptible.

En los años setenta, cada uno de mis amigos tenía un álbum que nunca comentábamos; solo coleccionábamos. Una de sus figuritas despertó una curiosidad inquietante en mí: era la ilustración de un arma futurista capaz de volar a baja altura, esquivar colinas y encontrar su objetivo como si pensara por sí misma. Se llamaba Tomahawk. Era pura ciencia ficción. No podía creer que algo así existiera.

Este artículo sostiene que la guerra ha dejado, progresivamente, de ser territorial y visible para convertirse en tecnológica e invisible. Y esto ha sido un proceso iniciado en la Segunda Guerra Mundial y que hoy se desplaza hacia algoritmos, satélites y redes electrónicas y ya no a los campos de batalla tradicionales.

Hoy sabemos que aquel misil de mi figurita anunciaba una transformación histórica: la guerra comenzó a depender menos del soldado y más de la tecnología.

Los primeros misiles modernos aparecieron en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial, aunque no definieron el resultado del conflicto sí cambiaron nuestro presente. Mientras los aliados avanzaban hacia Berlín, Estados Unidos y la Unión Soviética iniciaron una competencia silenciosa por capturar a los científicos responsables de esas nuevas armas. Entre ellos destacaba Wernher von Braun, ingeniero detrás de los cohetes V-2. Su trabajo, concebido como instrumento de guerra, terminaría décadas después impulsando el programa espacial estadounidense y los cohetes Saturno V que llevaron al ser humano a la Luna.

En el otro lado, Serguéi Koroliov se convertiría en el arquitecto secreto del programa espacial soviético, responsable del Sputnik y de tantos hitos espaciales entre ellos la del primer ser humano en órbita.

La paradoja histórica es evidente. La tecnología diseñada para destruir ciudades permitió también abandonar la Tierra con fines exploratorios. Un cohete tripulado no deja de ser, en esencia, un misil.

Durante siglos, la guerra fue visible. Había ejércitos enfrentados, territorios definidos y líneas claras entre ataque y defensa. Incluso en momentos de máxima tensión nuclear, como la Crisis de los Misiles de Cuba (16–28 de octubre de 1962), el mundo podía identificar con precisión el origen del peligro: misiles instalados, potencias enfrentadas y decisiones políticas concentradas en líderes reconocibles.

Esta crisis explica por qué una potencia no puede permitir el despliegue de instalaciones de misiles con capacidad de portar ojivas nucleares a un paso de su territorio; es la misma razón por la cual Rusia no quiere que su vecina Ucrania pertenezca a la OTAN.

Una década después, el misil Tomahawk, cuyo desarrollo comenzó en 1977, representó una nueva fase. A diferencia de los cohetes balísticos iniciales, podía navegar el terreno, corregir su trayectoria y penetrar defensas aéreas. Era el paso de la fuerza bruta al cálculo electrónico. La guerra empezaba a convertirse en información procesada.

Décadas después, diversos conflictos recientes parecen evidenciar el resultado acumulado de esa evolución tecnológica. El 28 de febrero del presente año, Estados Unidos e Israel lanzaron un ataque contra Irán que provocó la muerte de Ali Jamenei, líder religioso del país, y desencadenó una escalada bélica de gran magnitud. Según informó la agencia británica BBC, hasta el 8 de marzo el conflicto había causado más de mil víctimas fatales dentro del territorio iraní. Estas cifras, basadas en datos de la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA, por sus siglas en inglés), con sede en Estados Unidos, reflejan la rapidez con la que las guerras contemporáneas amplifican su capacidad destructiva en apenas unos días. Sin embargo, las cifras en el otro bando no están bien contabilizadas.

La respuesta ha sido imposible de pasar inadvertida. Irán saturó de misiles y drones los cielos del Medio Oriente. Numerosas bases norteamericanas, aeropuertos, objetivos turísticos y de energía han sido blanco de sus misiles.

Los iraníes respondieron con enjambres de misiles y drones. Por cierto, drones de 50 mil dólares contra misiles de la Cúpula de Hierro que cuestan más de un millón. Además, el estrecho de Omán fue cerrado, el precio del barril de petróleo subió, mientras que el valor de metales como el oro y la plata, así como las acciones en las bolsas, bajaron.

Esta abrupta subida y caída podría explicar por qué Estados Unidos buscó asegurar influencia sobre Venezuela como primer movimiento estratégico: garantizar que, ante una eventual escasez de petróleo, fueran sus rivales hegemónicos quienes soportaran el mayor costo. Aunque, este intercambio de misiles difícilmente puede sostenerse en el tiempo debido a la asimetría en los costos de producción. Como advertía Stalin, las guerras modernas se ganan en las fábricas; y mientras esas fábricas permanezcan ocultas bajo tierra, el desenlace del conflicto seguirá siendo incierto. 

Esta saturación de drones y misiles reveló que ninguna defensa puede interceptarlo todo al mismo tiempo. La guerra dejó de buscar únicamente poder destructivo para explotar la sobrecarga del sistema enemigo.

Un video difundido en redes sociales el 3 de marzo muestra apenas un destello: un silbido breve y un chispazo contra una base militar. Ese fue el Fattah-2, capaz de viajar a mach 13 o 15 y su velocidad de impacto llega a mach 5. La imagen resume la transformación bélica contemporánea. El misil controla su desplazamiento, no tiene un recorrido uniforme, interpreta el contexto, cambia de curso, evade controles y llega a su objetivo.

El desarrollo reciente de misiles hipersónicos, como el Fattah-2, debe estar causando más de un dolor de cabeza al Pentágono y también deben estar pensando en las mentes detrás de esta arma, algo que hace recordar a lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. Además, cada avance obliga al adversario a reiniciar la búsqueda tecnológica para no quedar estratégicamente vulnerable.

Hasta el 8 de marzo se sabía que Irán podía disparar sus misiles hacia las plantas desalinizadoras de los países que atacó. En medio del desierto sin fuentes de agua que es esa zona, esa situación podría desencadenar una crisis migratoria y humanitaria sin parangón desde la Segunda Guerra Mundial. 

La evolución misilística puede que no se detenga en la atmósfera terrestre. El siguiente escenario de los conflictos podría ser el espacio, siempre y cuando a nadie se le ocurra usar un arma nuclear, porque para ese caso Einstein predijo: «No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero sí sé que la Cuarta la pelearemos con piedras y palos».

El espacio

A comienzos de los años ochenta, durante el gobierno de Ronald Reagan, Estados Unidos propuso la Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida como Star Wars. Su objetivo era interceptar misiles desde la órbita terrestre y convertir el espacio en un escudo defensivo.

Aunque nunca se materializó plenamente, dejó instalada una idea estratégica duradera: quien controle la infraestructura espacial tendrá ventaja decisiva en cualquier conflicto.

Décadas después, China y Rusia probaron armas antisatélite destruyendo objetos en órbita y generando miles de fragmentos que hoy representan un riesgo permanente para satélites y misiones científicas. La infraestructura espacial sostiene navegación, comunicaciones y economía global; destruir satélites equivale a cegar al adversario sin bombardear sus ciudades, pero se corre el riesgo de “enceguecer” a amigos y enemigos. Si la guerra se traslada al espacio, avanzará hacia un territorio aún menos visible: el de los datos, lo cual nos recuerda a escenarios distópicos como Skynet.

La guerra algorítmica

En una guerra algorítmica los misiles no solo vuelan: procesan información, corrigen trayectorias y toman decisiones mediante redes de datos en tiempo real. En ese supuesto, el uso de enjambres de drones capaces de redistribuir objetivos y modificar ataques durante su ejecución será la norma. Con ello comenzará a desaparecer una noción milenaria: el frente de batalla.

Esta posibilidad está ocurriendo; ya existe un conflicto entre el Departamento de Defensa de Estados Unidos y la empresa Anthropic, debido a que el Pentágono busca ampliar el uso militar de su inteligencia artificial, mientras la compañía mantiene restricciones éticas que impiden aplicaciones como armas autónomas o vigilancia masiva. La negativa ha puesto en riesgo contratos millonarios y el acceso al mercado gubernamental, reflejando la creciente tensión entre seguridad nacional y control tecnológico.

Este desacuerdo adquirió mayor relevancia cuando, en contraste, OpenAI decidió firmar un acuerdo con el gobierno estadounidense que permite el uso de sus modelos de inteligencia artificial para fines militares considerados legales bajo la normativa vigente, aunque sujetos —según la empresa— a salvaguardas y supervisión humana. La divergencia entre ambas compañías evidencia el surgimiento de una nueva frontera geopolítica: la disputa no solo por la supremacía tecnológica, sino por los límites éticos del poder algorítmico.

Así, la inteligencia artificial deja de ser únicamente una herramienta comercial o científica para convertirse en un componente estratégico de defensa nacional, inaugurando una etapa en la que las decisiones corporativas privadas pueden influir directamente en el equilibrio militar global y en la definición misma de la seguridad contemporánea. 

Hoy un conflicto puede desarrollarse simultáneamente en satélites, redes eléctricas, mercados financieros y servidores informáticos. Un país puede estar bajo ataque sin ver soldados enemigos. Un apagón o la interrupción del GPS pueden producir efectos estratégicos comparables a un bombardeo. La guerra se vuelve difusa, permanente y, en ocasiones, difícil incluso de reconocer como guerra.

La guerra ya no necesita mostrarse para existir. Ha pasado del territorio al sistema, del ejército al algoritmo, de lo visible a lo imperceptible. Este es el recorrido siniestro que ha descrito la estela dejada hasta ahora el desarrollo de los misiles en el mundo.

José Lizarbe Ramirez
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