¿Qué tanto le interesa al peruano de a pie lo que ocurre en el Medio Oriente? Beirut, Tel Aviv, Teherán… y Lima viven sus propias angustias.
Anoche mi amiga Estéfanie, cuyo esposo es taxista, me dijo que el problema del gas de Camisea se había resuelto. «¡Por fin!», dije aliviado.
Las enormes colas en los grifos serán cosa del pasado y la venta de balones de gas doméstico, a más de 60 soles, también. Pero hay algo que se mantiene: las colas por el GLP, el alza en los precios de alimentos y las lluvias en varios puntos del país que han causado desbordes en Piura y Arequipa.
Y, como si estas noticias no fueran suficientes para mantener alerta a cualquier población, la guerra en Irán continúa. Sus efectos nos llegan con gasolina más cara, con el alza del flete que encarece los productos importados. Nadie sabe cómo ni cuándo acabará esto.
En las calles de Lima la población observa pasar a los candidatos regalando calendarios, cajitas de fósforos, lapiceros y gorros antes de las elecciones de abril. La gente arrancha los polos y gorras que se acaban mientras los candidatos se toman fotos con sus posibles electores.
El domingo último las familias acudieron a los mercados a comprar uniformes y zapatos escolares. Las galerías de ropa estaban llenas y los vendedores sudaban por el calor del clima y la emoción de vender más, al menos, por un día.
El lunes vi pasar a miles de escolares estrenando esos uniformes. Caminaban en grupos, con mochilas nuevas y zapatos todavía rígidos. Era el inicio del año escolar peruano. Otros no tuvieron estrenos, usaban zapatos antiguos.
El 28 de febrero, en una escuela de Irán, ese mismo ritual también comenzaba cuando un misil Tomahawk cayó y apagó las vidas de 167 niñas y sus padres. La agencia iraní Mehr difundió un video donde se ve el impacto. Las imágenes fueron verificadas por el diario The New York Times.
Me pregunto ¿cómo será vivir allá, donde los misiles destruyen ilusiones infantiles?. Allá donde arden los barcos y caen pilotos eyectados de sus aviones en llamas. ¿Cómo entender lo que ocurre en la otra parte del mundo si no tratamos de empatizar con quienes viven allí?
El llamado Medio Oriente ha ocupado los titulares internacionales desde que tengo uso de razón. Lo último es el genocidio en Gaza y la guerra en Irán.
Aunque el tema nos compete a todos por razones humanitarias, siento que a muchos peruanos de a pie no parece interesarles. Pero debería. Muchos de los problemas económicos y geopolíticos que sentimos aquí comenzaron en esas tierras.
Quizá sea porque tenemos ideas simplificadas de la región. Sabemos que, en Dubái, por ejemplo, la riqueza parece infinita: patrullas policiales en Lamborghinis, hoteles de siete estrellas y cajeros automáticos que dispensan lingotes de oro.
Pero incluso ese oasis de lujo ha sido alcanzado por la guerra. Los drones Shahed iraníes con su carga explosiva han caído sobre instalaciones estratégicas del Golfo, recordando que ni siquiera el paraíso financiero está fuera del alcance del conflicto.
Algunos reportes hablan de personas que huyen de la ciudad y de otras urbes del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG), pagando fortunas por vuelos chárter.
Tel Aviv
Desde Israel, donde Irán ha centrado su respuesta, Ángels Barceló, periodista de la Cadena SER, pasa malas noches en su habitación de hotel en Tel Aviv. Duerme —si es que puede— en un sótano reforzado. La notificación llega al teléfono antes de que las sirenas suenen en la calle. Luego se escucha el megáfono del hotel, con esa voz metálica que ordena desplazarse a los refugios.
Barceló describe puertas metálicas gruesas diseñadas para resistir el impacto de un misil y los fragmentos que caen después.
«El ruido que se oye en la calle es el de los misiles de Irán interceptados», reportó.
Otro periodista que trabajaba desde un punto distinto de la ciudad, contó que, en su caso, no escuchó las alarmas. Solo oyó la explosión muy cerca cuando el misil impactó contra alguna estructura de la ciudad. A pocos cientos de kilómetros al norte, la guerra no solo viene del cielo.
Beirut
El corresponsal Nicolás Castellano camina por un barrio del sur de Beirut que ya no reconoce. Los edificios tienen heridas abiertas, ventanas reventadas, fachadas partidas. «Israel bombardea Beirut a diario», dice.
El 12 de marzo , según reportó, el Ministerio de Salud libanés contabilizaba seiscientos muertos. Otras ochocientas mil personas habían abandonado sus hogares. Un éxodo bíblico.
Castellano habla con los vecinos. «Conozco a todo el mundo aquí —le dice un hombre frente a los escombros de lo que fue su edificio». Aquí no vive nadie de Hezbolá ni de Hamás. Otro vecino cuenta que impactaron tres misiles. Uno no estalló, pero cayó hasta el tercer piso. La familia escuchó el silbido antes del impacto.
«No eran combatientes», habla en pasado. «Eran vecinos»
Mientras tanto, la Brigada Golani del ejército israelí se desplaza hacia el norte del país. El movimiento sugiere una escalada mayor, el número de muertos y desplazados aumenta cada día.
Lluvia negra sobre Teherán
Teherán, capital de Irán, tiene unos nueve millones de habitantes. Dos millones menos que Lima. La ciudad no tiene sirenas de alerta temprana. Los bombardeos de Estados Unidos e Israel llegan sin aviso.
Un ingeniero que caminaba por un parque escuchó aviones y se tiró debajo de un banco, aterrado. Un atleta dice que ya no puede dormir: cada explosión nocturna acentúa su estrés postraumático.
Internet está casi cortado. Para saber dónde cayó la última bomba, los teheraníes llaman a sus amigos y transmiten la información de voz en voz. Algunos recurren a Starlink, pese a que su uso está prohibido.
La Plaza Azadi quedó envuelta en humo. El Palacio de Golestán tiene las ventanas rotas. Hace unos días los depósitos de petróleo en llamas envolvieron la ciudad con humo negro que oscureció todo. Y luego… llovió. Fue una lluvia negra. No es metáfora. Es literal. Las nubes parecían haberse restregado contra ese humo espeso antes de descargarlo sobre la ciudad.
Las familias pegan cinta adhesiva en las ventanas de sus casas. No para evitar que se rompan los cristales, sino para impedir que se conviertan en pequeños proyectiles cuando llegue la explosión.
El estrecho de Ormuz
Por el Estrecho de Ormuz circula cerca del 20 % del petróleo mundial. Esta semana ocurrió algo extraño: casi ningún cargamento pasó. Días después Irán permitió el tránsito de buques con bandera internacional que no respalden a Estados Unidos ni a Israel.
El diario The National, de Abu Dabi, lo resume así: es la mayor crisis regional en el Golfo desde que Saddam Hussein invadió Kuwait en 1990. Treinta y cinco años después, el Golfo vuelve a temblar.
Esta vez el arsenal es distinto: misiles balísticos, drones, enjambres de drones. Los Shahed, que vuelan alarmando a todos con un ruido parecido a una podadora de césped enloquecida, aparecen en videos de redes sociales estrellándose contra instalaciones petroleras e incluso hoteles.
Lima
Camino hacia el mercado del barrio. «El pollo está subiendo», reclama una madre de familia. «La alverja llegó a costar 14, 15 soles», dice otra, pero verifico que ya bajó, debe ser por las lluvias, la escasez, pienso y conecto todas las partes.

En Teherán la lluvia es negra. En Beirut los edificios amenazan con parecerse a los de Gaza, el que inició todo pide ayuda militar a sus antiguos aliados. Y en Lima la gente mira el precio del combustible sin pensar que, cada vez que alguien aprieta un gatillo en el otro extremo del planeta, su impacto termina sintiéndose aquí, en el precio de la gasolina y del pan.
Reviso las tendencias en redes y escucho al periodista Carlos Loret de Mola, de Latinus decir: «Estados Unidos ganó la guerra militar, pero Irán ganó la guerra económica…»
Cierro el audio. Afuera, el cielo de Lima sigue gris. No lloverá negro, todavía. Y aunque en estos días hemos visto la Luna roja, espero que no tengamos lluvia negra.
Fuentes: Cadena SER (Àngels Barceló y Nicolás Castellano desde Tel Aviv y Beirut), BBC Mundo, Associated Press (reportes desde Teherán), The Times of Israel, The National de Abu Dabi.
