¿En qué lugar de la historia nos encontramos ahora? Esta es una mirada al nuevo orden global y a los señores invisibles que privatizaron nuestra libertad.

Hace unos días, el periodista César Hildebrandt abrió las páginas de un libro mientras pronunciaba su nombre: Auge y caída del orden neoliberal, de Gary Gerstle, profesor e historiador de la Universidad de Cambridge. Me pareció uno de tantos autores que el periodista suele citar antes de terminar su podcast de los lunes, pero este en particular dice algo que me resultó sorprendente: «el neoliberalismo ha muerto y nadie tiene un nombre para esta era». Siguió citando al libro: no puede haber orden neoliberal después de lo que hizo Donald Trump. Al dinamitar los tratados comerciales, pisotear las viejas leyes de la globalización e imponer el regreso de los aranceles, el magnate neoyorquino cerró de un portazo toda una era de la historia.

Intrigado por ese vacío histórico-conceptual, decidí interrogar a una inteligencia artificial. Le pregunté en qué lugar de la historia estábamos ahora. La máquina, con su fría elocuencia algorítmica, desplegó un menú de opciones: «Posneoliberalismo», «Nacionalismo económico», «Desglobalización». Respuestas tibias de sociólogo. Sin embargo, en el último párrafo, la IA soltó el término que me parece más apropiado —no sé, pensé ingenuo yo, si la población lo vea igual—: tecnofeudalismo.

Debo confesar que, en mi ignorancia, creí que la máquina acababa de inventar una metáfora brillante. Luego descubrí que el término ya tenía dueño: Yanis Varoufakis, el economista griego, lo venía desarrollando desde hace años y lo plasmó en un libro entero, Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo (Deusto, 2024). La IA no había revelado nada nuevo: se había limitado a repetir una tesis que un humano había pensado antes y mejor. La ironía, sin embargo, se conserva intacta: fue una inteligencia artificial —la criatura predilecta de este nuevo orden— la que me puso sobre la pista del sistema que la amamanta hasta el engorde. 

Solo que el diagnóstico no era suyo. La propia IA me estaba confirmando que no avanzamos hacia el futuro; hemos regresado a la Edad Media. De todas las etiquetas posibles, el tecnofeudalismo es la única que tiene la elasticidad suficiente para abarcar la realidad que les voy a narrar: ajústense los cinturones.

Dentro de este nuevo feudo digital no solo han cambiado los dueños del dinero: ha mutado toda la fauna del poder. Varoufakis lo formula con precisión: los mercados han sido reemplazados por plataformas que son feudos de las big tech, y el beneficio ha sido sustituido por la extracción de rentas. Los señores feudales de hoy son los propietarios del «capital de la nube»; los demás, hemos vuelto a ser siervos, aunque sospecho que siempre lo fuimos, solo que con otro nombre.

Los señores y su brazo político

En el viejo capitalismo, la riqueza se medía en fábricas, petróleo y libre competencia. Hoy, el libre mercado es un mito del pasado que sigue funcionando, pero con reparaciones. Ahora, si entras a internet a vender o comprar algo, no estás en una plaza pública: estás cruzando el puente levadizo de un castillo privado. Ya sea Apple, Amazon o Google, los nuevos tecno-oligarcas no compiten entre sí: son dueños del territorio entero y te cobran un peaje —una renta feudal— de hasta el 30 por ciento por el simple derecho a existir en sus dominios. La Comisión Europea, en su investigación antimonopolio contra Apple, documentó precisamente ese modelo de comisiones y restricciones que funcionan como aduanas de un señorío. Es el sistema Swift mundial aplicado a la nube en la que se mueven las tecnoempresas.

Y para proteger este imperio sin fronteras nacionales se ha consolidado el tecnofascismo, el brazo armado con armaduras y blasones digitales. Este no necesita botas militares ni discursos en balcones; opera de manera silenciosa a través de la pantalla. Es la superestructura del control absoluto. Mediante algoritmos diseñados quirúrgicamente para el aislamiento, el miedo y la polarización extrema, el tecnofascismo ha privatizado la opinión pública. No dialogamos: somos pastoreados en burbujas digitales donde se nos moldea el voto, el odio y el consumo. El poder político ya no reside únicamente en los congresos, sino también en los términos y condiciones de servicio que aceptamos sin leer.

Las mafias y los capataces de la red

Donde hay un feudo y hay opacidad, la ley se diluye. Es allí donde emergen las tecnomafias y la tecnocorrupción. Olvídense de los gánsteres de traje y metralleta; los criminales en esta realidad secuestran bases de datos de hospitales y ministerios enteros (ransomware) y lavan miles de millones de dólares en la neblina de los criptoactivos. El caso del grupo LockBit, desmantelado por Europol en 2024 tras atacar a miles de víctimas en todo el mundo, ilustra la escala industrial de este fenómeno.

Al mismo tiempo, la tecnocorrupción explora nuevos territorios. Ya no se entregan maletines con billetes; hoy el lobby se paga alterando los algoritmos de búsqueda para enterrar un escándalo político. En este mundo Matrix se financian ejércitos invisibles de troles para demoler la reputación de un fiscal o un periodista incómodo. Y cuando el dinero necesita cruzar fronteras sin dejar rastros, las criptomonedas ofrecen la neblina perfecta.

El caso de Fernando Cerimedo —el consultor digital argentino detenido en Bolivia en agosto de 2026— ilustra un escenario financiero movido a cualquier parte de la región sin rendir cuentas a ningún país: un informe forense de su teléfono reveló una «billetera fría» de criptoactivos con movimientos superiores a los 200 millones de dólares, según la denuncia de un senador boliviano basada en el rastreo de la cadena de bloques. La cifra no ha sido confirmada por una auditoría independiente, pero el episodio muestra cómo pueden coexistir canales financieros difíciles de rastrear.

Para que esta maquinaria funcione, el sistema ha creado a sus capataces: los tecno-operadores digitales. Son los ingenieros de la adicción, los arquitectos de datos y los gestores de granjas de bots. El mismo Cerimedo, según declaraciones propias recogidas en 2023, afirmaba manejar unas 50.000 cuentas en X para amplificar contenidos políticos. Su trabajo —el de los capataces en general— consiste en vigilar que los siervos sigan conectados, garantizando que el flujo de datos —el nuevo oro negro— nunca deje de alimentar las nubes de los señores feudales y las mentes de todos sus súbditos conectados a este mundo de ceros y unos.

Las nuevas profesiones y los siervos de la gleba

La estructura ha transformado también el tejido del trabajo. El mercado laboral se ha visto inundado por las tecnoprofesiones: ingenieros de prompts, analistas de datos, optimizadores de sistemas. Parecen la élite de la modernidad, pero en el fondo sufren una alienación idéntica: su conocimiento vale únicamente en la medida en que sirva para alimentar y entrenar a la inteligencia artificial que, eventualmente, terminará por reemplazarlos.

Por debajo de ellos, en la base de la pirámide, se encuentra la inmensa mayoría, los nuevos siervos de la gleba del siglo XXI: son los repartidores en motocicleta, los conductores de aplicaciones y los creadores de contenido que mendigan vistas. No tienen derechos laborales, ni vacaciones, ni sindicatos.

Antes de seguir, a modo de ejercicio retórico, quiero escribir este mismo párrafo como lo haría un habitante de la Edad Media, solo con el fin de recordarle a nuestros lectores lo que nos toca por vivir:

Bajo el yugo de los señores, en lo más profundo del ordenamiento del reino, yace la inmensa mayoría de las almas: los nuevos siervos de la gleba de este siglo. Son aquellos desdichados que corren sobre corceles de hierro, los que conducen extraños carruajes por mandato de un amo invisible, y los juglares de plaza que mendigan las miradas y el favor del vulgo. Carecen por completo de fueros que los amparen, no conocen el descanso en los días de guardar ni el auxilio de gremio alguno que defienda su labor ante los poderosos.

(Sigamos)

Su capataz es un algoritmo invisible que mide su productividad por segundo y los castiga o premia con la frialdad de una ecuación matemática. Los litigios judiciales en Europa —como la sentencia del Tribunal Supremo español que reconoció la laboralidad de los repartidores de Glovo en 2020— confirman que esa relación no es un intercambio entre iguales, sino una forma de sujeción. Varoufakis lo describe sin ambages: el trabajador asalariado se ha transformado en un siervo digital que recibe «acceso» a la plataforma a cambio de generar valor y datos gratuitamente.

El cierre del círculo

La película Matrix ya lo había intuido. No porque fuera una profecía, sino porque supo nombrar la pesadilla antes de que tuviera nombre académico. Los señores feudales del silicio operan desde las sombras, como los arquitectos de la simulación, y nosotros somos los siervos que creen elegir mientras alimentan la máquina. La diferencia es que en la película los humanos eran baterías; en el tecnofeudalismo somos datos.

El neoliberalismo ha muerto, es verdad. Pero la libertad no ha venido a ocupar su lugar. Mientras los gobiernos discuten por aranceles y fronteras físicas, los señores del silicio ya han colonizado lo más íntimo que nos quedaba: nuestra atención, nuestra conducta y nuestra forma de ver el mundo. Bienvenidos al nuevo feudo. La única diferencia con el del siglo XII es que el castillo de hoy es de cristal líquido y cabe en el bolsillo del pantalón.

José Lizarbe Ramirez
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