Cómo la fiebre mineral reescribe la geopolítica del continente y nos abre los ojos ante una nueva Guerra Fría con fuerte componente tecnológico. ¿Es conveniente la sumisión a la Casa Blanca?

Hace unos días conversé con una amiga colombiana residente en el Perú. Me confesó que todo hace parecer que su país respaldará a Abelardo de la Espriella. Su razonamiento era sencillo: la inseguridad se ha convertido en la principal preocupación de millones de ciudadanos. Más allá de simpatías ideológicas, la gente quiere orden en las calles.

Su comentario refleja una tendencia que se extiende por buena parte de Sudamérica. Desde Colombia hasta Chile, pasando por Perú, Ecuador y Argentina, el debate político parece desplazarse hacia posiciones ultra conservadoras impulsadas por el temor al crimen, el deterioro de la seguridad ciudadana y el desgaste de los proyectos políticos tradicionales. La promesa de «mano dura» vuelve a ganar terreno.

Sin embargo, reducir este fenómeno únicamente a una reacción frente a la delincuencia sería insuficiente. Detrás de los cambios políticos visibles opera una transformación más profunda: la creciente importancia estratégica de los recursos minerales que alimentarán la economía y la tecnología del siglo XXI.

La nueva fiebre del subsuelo

Mientras Estados Unidos intenta preservar su influencia global —que sufrió un duro traspié en Medio Oriente— y China expande su presencia económica, Sudamérica emerge como una pieza cada vez más importante del tablero internacional. Pekín ha incrementado significativamente sus inversiones en sectores vinculados al cobre peruano, al litio boliviano y a diversos proyectos mineros distribuidos por la región.

No se trata de recursos cualquiera. El cobre, el litio y las tierras raras son componentes esenciales para la fabricación de baterías, vehículos eléctricos, centros de datos, sistemas de inteligencia artificial, satélites, drones, equipos de telecomunicaciones y tecnología militar avanzada. Quien controle el acceso a estos insumos dispondrá de una ventaja estratégica en las próximas décadas.

La inauguración del megapuerto de Chancay en el Perú ha reforzado esta percepción. Más que una infraestructura portuaria, representa una nueva puerta de entrada y salida para el comercio transpacífico. Si se consolida su articulación con corredores bioceánicos que conecten el Pacífico con el Atlántico brasileño, la importancia geopolítica de la región aumentará todavía más. Washington no ha dejado dudas al respecto: la dependencia energética y digital de sus vecinos del sur no es negociable. 

El Arco Minero y el fin de los santuarios

La disputa por estos recursos tiene también una dimensión de seguridad. En Venezuela, las zonas mineras del Arco del Orinoco se han convertido durante años en espacios donde convergen organizaciones criminales, economías ilegales y disputas por el control territorial.

La reciente operación que terminó con la vida de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias «Niño Guerrero», líder del Tren de Aragua, fue interpretada por diversos observadores como algo más que un golpe contra una organización criminal. Aunque se debate quién la realizó o coordinó, el mensaje parece claro: las regiones que concentran recursos estratégicos son cada vez menos toleradas como espacios fuera del control estatal.

En un contexto de creciente competencia entre las potencias, la estabilidad de las zonas de extracción comienza a adquirir una importancia comparable a la de los propios minerales. Si la lectura geopolítica es correcta, el Arco Minero venezolano no fue solo un operativo policial: fue una declaración de doctrina.

El péndulo andino y la nueva lógica del mercado

Paralelamente, los cambios políticos en varios países parecen favorecer gobiernos más abiertos a la inversión privada y a la explotación de recursos naturales.

En Perú, la segunda vuelta del 7 de junio de 2026 arrojó un resultado que, al cierre de esta edición, mantenía en vilo al país y que ha dado como ganadora a Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, condenado por crímenes de lesa humanidad. Si ese resultado se confirma, una parte del sector minero —paralizado por años de conflictividad social y trabas regulatorias— lo interpretará como el inicio de una nueva etapa. Para Washington, supondría el alineamiento de Lima en el momento en que más lo necesita.

En Colombia, Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda disputarán la presidencia en segunda vuelta este domingo 21 de junio. Las encuestas finales dan al candidato conservador una ventaja de casi ocho puntos porcentuales. Su triunfo eventual pondría fin al ciclo de restricciones ambientales a las multinacionales extractivas y reactivaría la agenda minero-energética que Petro había frenado.

No se trata necesariamente de una conspiración coordinada ni de una imposición externa, aunque es evidente que los grandes medios privados han tenido una clara preferencia editorial por las opciones de derecha, particularmente en el caso peruano. Más bien se trata de la convergencia de varios factores: ciudadanos agotados por la violencia, Estados necesitados de crecimiento económico y potencias interesadas en asegurar cadenas de suministro críticas para la competencia tecnológica global.

El caso chileno: cuando la infraestructura se convierte en campo de batalla

Chile creyó que tener dos tratados de libre comercio vigentes —uno con China y otro con Estados Unidos— le otorgaba una posición de privilegio en el nuevo orden económico. Lo que no calculó es que esa doble membresía, en un mundo de bloques en colisión, puede convertirse en una trampa.

El proyecto Chile-China Express lo demostró con brutalidad: un cable submarino de fibra óptica entre Concón y Hong Kong, con una inversión estimada de 500 millones de dólares respaldada por un consorcio integrado por China Mobile, HMN Technologies y Hengtong Optic-Electric, fue autorizado por el Ministerio de Transportes el 27 de enero de 2026 y revocado apenas dos días después, tras alertas confidenciales de Washington.

La respuesta estadounidense no fue diplomática: el 20 de febrero, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció la revocación de visas al ministro de Transportes Juan Carlos Muñoz, al subsecretario de Telecomunicaciones Claudio Araya y al jefe de gabinete de Subtel, Guillermo Petersen. Con esta medida, Washington explicitó su postura de que la inclusión de firmas estatales chinas en la infraestructura digital de la región representa una amenaza de espionaje y un riesgo crítico para la seguridad de los datos en el hemisferio 

Otras inversiones chinas por 523 millones de dólares para plantas de litio en Chile fueron canceladas debido a factores que incluyen la burocracia local, la caída del precio del litio y un entorno de incertidumbre geopolítica. Los proyectos de BYD y Tsingshan no se materializaron, reflejando un contexto complejo para la inversión extranjera en la región. 

Un nuevo orden impulsado por la geología — La Guerra Fría ya es tecnológica 

La Guerra Fría dividió al mundo mediante ideologías. La transición tecnológica del siglo XXI podría hacerlo mediante minerales.

Mientras el litio boliviano, el cobre peruano, las tierras raras brasileñas —Brasil posee las segundas mayores reservas del mundo de estos elementos, esenciales para motores eléctricos, turbinas eólicas y sistemas de defensa— y otros recursos estratégicos adquieren un valor creciente, la región se enfrenta a una paradoja histórica: posee algunos de los insumos más codiciados del planeta, pero aún debate cómo convertir esa riqueza en desarrollo sostenible y soberanía efectiva.

Lo que observamos podría no ser simplemente un giro político ni una sucesión de ciclos electorales. Podría ser el inicio de un reordenamiento geopolítico más profundo, en el que la geología pese tanto o más que la ideología.

Si De la Espriella gana la presidencia de Colombia el 21 de junio, las miradas se volcarán inevitablemente sobre Brasil, que se prepara para sus propias elecciones en octubre. Allí se encuentra no solo la mayor economía sudamericana, sino también una de las mayores reservas de minerales estratégicos del planeta: niobio, manganeso, tierras raras. Lo que ocurra en Brasil en los próximos meses podría terminar definiendo el equilibrio de poder de toda la región. Flávio Bolsonaro —el hijo mayor del expresidente, designado candidato del Partido Liberal con el respaldo explícito de su padre— encabeza las preferencias del electorado conservador. El tablero aún está en movimiento.

Lo que está ocurriendo en Sudamérica no admite eufemismos: es una partición. El continente está siendo dividido -no por fronteras ideológicas como en la Guerra Fría- sino por la geología. Los países que contienen los minerales del siglo XXI están siendo reordenados desde afuera: sus urnas se inclinan, sus militares reciben señales, sus puertos son observados. Los gobiernos cambian; los mapas geológicos, no.

En ese contexto, la pregunta que nadie en Lima, Bogotá ni Santiago se atreve a formular en voz alta es la más urgente: ¿a quién le pertenece el subsuelo de una nación soberana cuando las potencias que lo necesitan ya no esperan ni piden permiso?

José Lizarbe Ramirez
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