A propósito de un reciente análisis publicado por la BBC sobre el uso de las teorías de Carl von Clausewitz para explicar la guerra en Irán, salta a la vista una miopía intelectual persistente en el análisis estratégico occidental.
Acabo de leer un artículo de la BBC dónde identifiqué lo que yo creo son sesgos. La afirmación más flagrante es un párrafo que afirma que en la guerra de Irán han salido fortalecidos Israel y EE.UU., mientras Irán se encuentra debilitada. Yo estoy en desacuerdo con esta afirmación. Es cierto que EE. UU. e Israel mantienen su capacidad bélica, pero a un precio literal muy alto. Mientras que Irán, que ha vivido un desastre existencial, se mantiene resiliente e incluso ha establecido un control sobre el estrecho de Ormuz, además, lo que afirma ese artículo, tomando como referencia los escritos de un antiguo oficial prusiano, fueron dichos con anterioridad por Sun Tzu.
Esta prisa por declarar ganadores y perdedores revela una miopía intelectual persistente en el análisis estratégico occidental. Existe una tendencia casi matemática a medir el éxito militar a través de variables tangibles: el tonelaje de las bombas lanzadas, los sistemas de defensa aérea neutralizados, el número de bajas en uno y otro lado. Bajo este prisma estrictamente contable, la conclusión de los analistas parece lógica. Sin embargo, en el teatro de la geopolítica moderna, la fuerza bruta suele confundir la destrucción del enemigo con la consecución de la victoria.
El artículo de la BBC acude a Carl von Clausewitz y a su noción de la guerra como un «camaleón» para explicar el curso imprevisto de los acontecimientos actuales. Es una pirueta académica elegante, pero innecesaria. Dos milenios antes de que el general prusiano teorizara sobre la mutabilidad de los conflictos, Sun Tzu ya había establecido en El arte de la guerra, que la estrategia militar debe ser como el agua: fluida, adaptable y carente de una forma fija.
Al ignorar la raíz oriental de este pensamiento, el análisis occidental comete un error de diagnóstico fundamental: asume que una guerra que cambia de forma es un error de cálculo de los contendientes, cuando en realidad es la naturaleza misma y la razón de por qué sobrevive la asimetría. Parafraseando a Darwin: en una guerra asimétrica prevalece no necesariamente el más fuerte sino el más habil.
Apliquemos esta observación en este párrafo. Con respecto al costo de lo que Washington y Tel Aviv denominan «fortalecimiento». Mantener un muro naval continuo en las aguas del Medio Oriente ha colocado a la administración estadounidense ante el dilema de la sobreextensión, es decir, la incómoda espera, porque la paciencia se le acaba muy rápido a una potencia. Las victorias tácticas en el aire no han logrado traducirse en estabilidad geopolítica; al contrario, las pérdidas logísticas en activos y en bases han sido terribles tal como publicamos en un artículo anterior.
La potencia se encuentra atrapada en lo que Sun Tzu describió como el mayor peligro de cualquier soberano: la creencia de que una guerra prolongada puede beneficiar al Estado que inició las hostilidades. El músculo bélico permanece intacto, sí, pero el andamiaje político y económico que lo sostiene muestra fisuras de fatiga.
En la otra orilla, calificar el estado de Irán meramente como «dramáticamente debilitado» es una lectura superficial y no toma en cuenta el estoicismo persa. Nadie puede negar el desastre existencial y material que ha sufrido su infraestructura convencional. Pero la resiliencia no se mide por la capacidad de evitar el golpe, sino por la habilidad para redefinir las reglas del juego tras recibirlo. Al transformar el estrecho de Ormuz en una aduana geopolítica —imponiendo un estrangulamiento logístico selectivo al comercio mundial—, Teherán ha demostrado que el poder de veto económico puede ser devastador en la economía global y sobre todo en los petrodólares.
Irán ha entendido la máxima oriental: cuando eres débil en el plano convencional, debes obligar al oponente a jugar en un terreno donde su fuerza sea irrelevante. Al final, el artículo incurre en el sesgo del positivismo militar. Al decretar una victoria prematura basada en la asimetría del daño material, olvida que no siempre quien posee el mazo más grande dicta el final de la historia.
Creo que debieron dirigir el artículo por los puntos en los que Carl von Clausewitz es indiscutible:
- La fricción,
- La niebla de guerra,
- La relación entre política y guerra,
- La trinidad entre pueblo, ejército y gobierno.
En este tablero acuoso, la razón histórica no acompaña a los manuales de la academia prusiana, sino a la vieja advertencia de los clásicos: en la guerra, el exceso de confianza en la superioridad técnica, es a menudo el primer paso hacia un estancamiento interminable y frente a los billones de dólares en armamento e intereses económicos de un lado, el tiempo está del lado del que menos invierte, porque no tiene nada qué perder frente a su amenaza existencial.
Parafraseando a Churchill: pocas veces en la historia un actor tan golpeado obligó a sus adversarios a invertir tanto para obtener tan poco.
