La guerra en Irán va más allá de cruzar el Estrecho de Ormuz y protegerse de una lluvia de drones. Hay otras amenazas que golpearán no necesariamente poderosas embarcaciones.

El 12 de marzo de 2026, mientras los cazas del USS Gerald R. Ford despegaban sobre el Mar Mediterráneo Oriental, durante la Operación Epic Fury —la campaña estadounidense-israelí contra Irán—, un incendio estalló en la sala de lavandería del portaaviones más avanzado del mundo. No fue un misil. No fue un dron. Fue una lavadora. Pero lo que ese fuego reveló no tenía nada de doméstico.

Tardaron horas en controlarlo. Decenas de marineros perdieron sus literas. El buque —que había estado desplegado ininterrumpidamente desde junio de 2025, moviéndose del Mediterráneo al Caribe en operaciones relacionadas con Venezuela, y de ahí al Mar Rojo en la guerra de Irán— tuvo que detenerse en la base naval de Creta para reparaciones. Era uno de los despliegues más prolongados de la era moderna. Y el Imperio lo celebraba como un signo de fortaleza. Pero…

El incidente no fue un acto bélico, fue quizás por eso mismo, más elocuente que cualquier misil. Un portaaviones de 13 mil millones de dólares, la joya de la Marina más poderosa del planeta, detenido temporalmente por el desgaste de sus propias entrañas. El aeropuerto flotante, orgullo tecnológico, tiene un límite físico: el metal se fatiga, los hombres también.

La asimetría que Washington no supo leer
La narrativa extraoficial que circula en las redes sociales dice que ese incendio fue el resultado de un enjambre de misiles y se suele citar a los huties, quienes en 2025 afirmaban haber hecho blanco en el portaaviones Harry Truman. No le hubiéramos hecho caso a esta narrativa extraoficial de no ser por una inquietante pregunta.
La agencia de noticias alemana DW, el 17 de marzo de 2025 publicó en su página web que los hutíes —milicias que Washington clasificó durante años como un problema secundario del conflicto en Yemen—, afirmaban ser autores del incidente y haber actuado en respuesta a un ataque estadounidense en territorio yemení en la que murieron 53 personas.
Aunque la desinformación envuelve la verdad, no deja de ser preocupante que los huties mencionen en ese artículo de DW el uso de “18 misiles y un dron”. Esa cifra ya es un enjambre y es lo que Irán está utilizando con demasiada contundencia. ¿Se puede establecer que este supuesto ataque del 2025 al Harry Truman, fue un ensayo de lo que haría el huti mayor ante la agresión que sufrió el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel?
En las guerras la verdad y la mentira son frentes de guerra donde todos estamos involucrados y en la que se libran feroces batallas desinformativas. Los periodistas tenemos que lidiar con esto y en ocasiones nos toca hacer la pregunta que no tiene respuesta.

Registro de daños en la guerra de Irán
El número de bajas oficial del lado estadounidense hasta el cierre de la edición es de 13 militares muertos. Pero el impacto en instalaciones e infraestructura se cuenta de otra manera.

El impacto de un misil iraní sobre el fuselaje de un F-35 Lightning II —sin ser derribado—, el derribo de un F-15 Eagle y la pérdida de un E-3 Sentry constituyen, hasta ahora, algunos de los episodios más resonantes, en términos militares del conflicto en curso.
No es poca cosa. En estas tres plataformas se condensa buena parte del corazón tecnológico del poder aéreo contemporáneo. Sin embargo, en el caso del F-15, el incidente aparece vinculado a una operación de rescate envuelta todavía en un velo de silencio operativo.
Aun con matices y zonas grises, estos episodios condensan algo más profundo que simples pérdidas materiales: exponen fisuras en el mito de invulnerabilidad tecnológica. El supuesto impacto sobre el F-35 —aunque no confirmado de manera concluyente— instala una duda estratégica: si un sistema diseñado para evadir radares puede ser al menos localizado o presionado, entonces el sigilo deja de ser absoluto y pasa a ser relativo.
El derribo del F-15, por su parte, no representa solo la caída de una plataforma veterana, sino la exposición de los riesgos en operaciones complejas, especialmente aquellas que combinan combate y rescate bajo fuego enemigo. La operación de rescate obligó al abandono de varias aeronaves, cuyos restos, ennegrecidos por el fuego, fueron mostrados por la propaganda iraní con orgullo en las redes sociales.

Más sensible aún es la pérdida del Boeing E-3 Sentry, pieza clave en la arquitectura de mando y control. No se trata únicamente de un avión destruido, sino de la interrupción temporal de una red de vigilancia que articula el dominio aéreo. Cuando un AWACS es una baja, lo que se resiente no es un activo aislado, sino la capacidad de ver, anticipar y coordinar.
En conjunto, estos eventos no configuran una derrota, pero sí dibujan un patrón: el campo de batalla ya no es un espacio donde la superioridad tecnológica garantiza inmunidad, sino un entorno donde incluso los sistemas más avanzados pueden ser desafiados, erosionados o, al menos, puestos en duda. Y en esa grieta —todavía estrecha, pero visible— es donde se redefine el equilibrio real de la guerra.

Irán
Si el registro de pérdidas tecnológicas estadounidenses revela fisuras, el de Irán expone algo más crudo: la vulnerabilidad de su población y sus cielos.
El costo humano es, con diferencia, el más devastador. Según las agencias de noticias, la guerra está costando la vida de más de 1,700 civiles, incluidos al menos 250 niños, en una campaña marcada por ataques sobre áreas urbanas, infraestructura y objetivos de uso dual.
Entre todos los episodios, uno se impone como símbolo irrebatible de la guerra: el ataque contra la escuela femenina en la ciudad de Minab. Allí, un misil impactó en pleno horario escolar el 28 de febrero de 2026, dejando entre 150 y 165 muertos, en su mayoría niñas.
No se trató de un daño colateral difuso, sino de una imagen concreta: pupitres enterrados bajo escombros, mochilas entre el polvo, y un patio que pasó de ser espacio de juego a fosa colectiva, algo ocurrido durante un ataque doble.
El «ataque doble» o «doble toque» (double-tap) en la guerra es una táctica cruel que consiste en realizar un segundo ataque en el mismo lugar, poco tiempo después del primero. Su objetivo es maximizar bajas, impactando a los equipos de rescate, médicos y civiles que acuden a socorrer a las víctimas. La comunidad internacional lo calificó como una posible violación grave del derecho humanitario.

A este episodio se suman otros golpes menos visibles, pero estructuralmente decisivos:

• Miles de viviendas destruidas o dañadas, más de 5,500 solo en los primeros días
• Centros médicos, escuelas y comercios alcanzados
• Instalaciones militares degradadas o inutilizadas
• Una economía ya frágil empujada al límite por la guerra y la inflación

En conjunto, las pérdidas iraníes no se concentran en sistemas de armas sofisticados —como en el caso estadounidense— sino en algo más amplio y difícil de reparar: su tejido civil, su infraestructura y su estabilidad interna. ¿En estas circunstancias Trump esperaba que la disidencia iraní los apoye?
Si el lado estadounidense contabiliza plataformas, radares y aeronaves, Irán contabiliza barrios, familias y generaciones interrumpidas. Y es en ese contraste donde el balance deja de ser puramente militar para volverse, inevitablemente, humano.
Pero el desgaste no termina en el Mediterráneo ni en el sur del Líbano. Viaja hacia el este, cruza el desierto y llega al Golfo, donde los países que construyeron su estabilidad sobre el petróleo y la tutela estadounidense descubren que ninguno de los dos es tan confiable, como parecía.
Líbano e Israel
En el borde norte del conflicto, el costo se redistribuye de forma desigual. Líbano no libra una guerra convencional, pero la padece como territorio. Los intercambios entre Hezbolá e Israel han convertido el sur libanés en una franja que va asemejándose a Gaza: según el Ministerio de Salud del Líbano, citado por la agencia Associated Press el 4 de mayo, esta última guerra entre Israel y Hezbolá ha dejado un saldo de 2,696 muertos y 8,264 heridos. Además, más de 1,2 millones de desplazados tras intensos bombardeos, según las autoridades sanitarias libanesas. Pueblos evacuados, infraestructura eléctrica y vial dañada, y una economía local paralizada por la incertidumbre.
Del lado israelí, el balance es más híbrido. Israel mantiene la iniciativa militar, pero no sin costos. Los ataques con cohetes y drones han obligado a activar de forma constante sistemas como la Cúpula de Hierro, cuyo éxito defensivo convive con un alto gasto y episodios de saturación. Aun así, impactos aislados en zonas urbanas, daños en infraestructura y víctimas civiles recuerdan que ningún escudo es total.
En el plano militar, el desgaste se expresa menos en pérdidas espectaculares y más en horas de vuelo, munición de precisión consumida y presión sobre las reservas. Es una erosión silenciosa: no siempre visible en imágenes, pero acumulativa en la contabilidad estratégica.
Así, mientras Líbano ve “gazanizar” su territorio, con su población desplazada, Israel suma costos de defensa, fricción operativa y vulnerabilidad puntual en su retaguardia. No son balances equivalentes, pero sí complementarios: uno mide la guerra en suelo propio; el otro, en la tensión constante de sostener la superioridad sin convertirla en inmunidad.

Los países del Consejo de Cooperación del Golfo

Quienes hemos visto los videos de drones Shahed 136 y misles Fatah 2 estrellándose en hoteles, aeropuertos e incluso refinerías de petróleo, no dejábamos de hacernos una pregunta: ¿Cuánto afectará la economía de esos países luego de estos ataques?
Los países del CCG padecen un deterioro estratégico menos visible pero igualmente acumulativo. Sus bases militares han resultado afectadas y sus aeropuertos dañados por la escalada bélica. La región enfrenta una alteración progresiva de sus circuitos económicos vitales vinculados al comercio, el turismo y la logística internacional.
Estas no son pérdidas espectaculares, pero erosionan la normalidad sobre la que descansa la proyección de poder. En conjunto, el conflicto convierte al Golfo en un espacio de desgaste silencioso donde la infraestructura crítica y la economía regional, absorben costos crecientes que debilitan su estabilidad.
Que los aliados más rentables de Washington empiecen a calcular sus pérdidas no es un accidente diplomático: es la consecuencia lógica de un modelo que convirtió la guerra en industria. Para entender por qué el Imperio llega a este punto, hay que mirar no solo lo que destruye, sino cómo se ha financiado destruyendo.

El capitalismo de guerra y sus límites

Estados Unidos ha convertido la guerra en un modelo de negocios. De los 250 años que lleva como gran potencia, menos de 20 han sido de paz. Esa experiencia casi ininterrumpida le ha dado un knowhow que solo imperios como el británico han sabido capitalizar.
Es algo que la Unión Soviética no supo hacer. La URSS perdió más de veinte millones de personas en la Segunda Guerra Mundial para derrotar al nazismo. Conflicto en el que Washington afirma haber perdido menos de medio millón de soldados —y al terminar 1945, mientras otros enterraban a sus hijos, diseñó el sistema financiero mundial que inició con Bretton Woods.
La tasa de bajas inferior a sus aliados europeos y soviéticos, no fue solo una virtud estratégica; fue la base de legitimidad interna del militarismo estadounidense. Un ejército que vence con tecnología cara y pocos ataúdes es políticamente sostenible, lo prepara para negociar las condiciones de paz con toda su industria militar y civil intactos, tras el conflicto.

En 1956 la Crisis de Suez marcó el inicio visible de la hegemonía de Estados Unidos y el declive imperial del Reino Unido. Tras la nacionalización del Canal de Suez por Gamal Abdel Nasser, británicos, franceses e israelíes lanzaron una operación militar para recuperar el control.
Aunque la ofensiva avanzó inicialmente, la presión económica y diplomática de Estados Unidos obligó a Londres a retirarse. No fue una derrota militar clásica, sino una demostración de que el poder imperial británico ya dependía de Washington. Suez reveló que la hegemonía no solo se sostiene con armas, sino también con control financiero, legitimidad internacional y capacidad de imponer decisiones sin tutela externa.
Hoy, ese modelo enfrenta su tensión más aguda. La guerra con Irán —iniciada el 28 de febrero de 2026 y declarada formalmente terminada por Trump el 7 de abril— produjo bajas, aviones derribados, y un portaaviones fuera de combate por una lavadora. El petróleo superó los cien dólares por barril durante semanas, golpeando al consumidor estadounidense en su único punto verdaderamente sensible: el bolsillo de sus ciudadanos.
Lo que en 1956 le ocurrió a Londres en las orillas del Canal, Washington lo está descubriendo setenta años después en el estrecho de Ormuz, en las economías del mundo que buscan independizarse del dólar, en el precio del barril, el petrodólar y en la sala de lavandería de un portaaviones.

Los Emiratos y el quiebre del orden petrolero
El 28 de abril de 2026, los Emiratos Árabes Unidos anunciaron su salida de la OPEP el 1 de mayo. Cincuenta y nueve años de membresía habían terminado. La declaración fue lacónica: «Ha llegado el momento de orientar nuestros esfuerzos hacia lo que dictan nuestros intereses nacionales.»
El análisis simplista lo leyó como una ruptura impulsada por la guerra y por la incapacidad de Washington para garantizar la seguridad del Golfo frente a los ataques iraníes. Eso es parte de la historia, pero no toda. La razón inmediata es también económica; Abu Dabi quería expandir su producción, pero la OPEP solo le daba una cuota fija inferior a su capacidad.

Emiratos Árabes Unidos tomo drásticas decisiones en las últimas semanas. (Foto: AFP)

Las consecuencias van más allá de las cuotas. El sistema del petrodólar —ese acuerdo tácito por el que los países del Golfo venden su petróleo en dólares a cambio de seguridad estadounidense— empezó a perder su ancla más flexible.
Los Emiratos, con su salida de la OPEP, ya no están atados a una sola moneda. Pueden cerrar acuerdos en yuanes con China, en rupias con India o en cualquier divisa que convenga a ambas partes.
No es una ruptura inmediata. Los activos soberanos del Golfo, con más de dos billones de dólares invertidos en Estados Unidos, siguen funcionando como freno. Pero el movimiento ya empezó. Y el puerto ya no se dirige solo a Washington.

La inercia de la caída
La «inercia» tiene dos acepciones físicas. La primera es la de los cuerpos en reposo que resisten el movimiento. La segunda, menos citada, es la de los cuerpos en movimiento que resisten el cambio de dirección. El Imperio estadounidense lleva décadas en esta segunda fase: no es que no se mueva; es que no puede detenerse ni girar, porque su volumen es tan grande que lo obliga a mantener un movimiento fijo y limitado.
Una analogía gráfica podría ser esas lanchas rápidas armadas con misiles que tiene Irán en el estrecho de Ormuz que enfrentan a los pesados destructores que, ante su gran número, nos recuerdan a un avispero atacando un oso grizzly.
Los halcones de Washington pensaron que la tecnología podía derrotar un país sitiado que, con suficientes portaaviones, suficientes drones, suficientes misiles, garantizarían que el mundo siguiera organizado en torno al dólar y aliados comprables.
No tomaron en cuenta la ‘posible’ experiencia que Irán pudo haber sacado del Mar Rojo, el consejo de sus generales que aconsejaron no atacar en lugar de oír las recomendaciones de Netanyahu en aquella reunión extraoficial tan polémica y citada por los medios norteamericanos.
Es lo que el incidente del Mar Rojo, el incendio del Ford, la salida emiratí de la OPEP y el precio del petróleo a más de cien dólares han demostrado, es que la supremacía tecnológica tiene un límite: cuando el costo de mantener la trayectoria supera la capacidad de pago, la inercia deja de ser una fortaleza y se convierte en la causa misma de esta situación tan poco favorable a Trump.
Pero no nos preocupemos por él, lo seguiremos viendo jugar al golf, aunque llueva o truene, aunque una enfermera con dos bebés en brazos corra delante de él, porque los está rescatando del hospital donde cayó un misil lanzado durante esta penosa guerra.

Y usted, amigo lector,¿se animaría también a tomarse un selfie de este collage como La Gioconda? Tal como, parecen hacer, tantas personas en ocasiones similares.

La situación en el estrecho de Ormuz es de pronóstico reservado.
José Lizarbe Ramirez
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